Los números de 2015

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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA PARA UNA SOCIEDAD ENFERMA

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA PARA UNA SOCIEDAD ENFERMA 2a edición.

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MAURICIO DIMEO

Cuando decidí estudiar filosofía fue por la más obvia de las razones: quería encontrar el significado de la vida, dicha problemática es tan universal como la humanidad misma, dado que toda persona se lo ha preguntado alguna vez, de modo que todos somos más o menos filósofos. Sin embargo, el oficio del filósofo está devaluado en la sociedad actual, en tanto que dedicarse a buscar dicho significado pareciera un desperdicio. Para mi sorpresa, al ingresar a la Facultad de filosofía de la UNAM, me percaté que ni mis compañeros o profesores lo estaban buscando, dado que la filosofía hace mucho que dejó de cuestionar problemas fundamentales, para centrarse en comentar lo que dijeron otros filósofos y enfrascarse en un lenguaje excesivamente especializado, así como ajeno a los problemas cotidianos. Esto ocurre en razón de que la filosofía suele responder a los intereses de la clase dominante, por lo que tiende a formar una élite poseedora de la “verdad” que despolitiza al conocimiento para que las masas no puedan usarlo en su favor.

En la carrera nunca perdí de vista mi objetivo inicial, así que participé en un círculo de estudios, organizado por estudiantes, en el que aprendí mucho más que en todas las clases. Además me enfoqué en escribir artículos que a la postre se convirtieron en mi primer libro: Problemas fundamentales del universo, el cual es pretencioso y sumamente ambicioso, como el título sugiere. Probablemente no resolví todos los problemas de la humanidad, pero me atreví a responderlos y creo que eso es más importante que cientos de publicaciones en revistas especializadas de filosofía, que se pierden en tantas abstracciones que son ajenas a los problemas sociales y existenciales más importantes.

Incluso en el aspecto metodológico quería resolver los grandes problemas de la humanidad, así como discutir los problemas filosóficos más importantes y al mismo tiempo escribir con un lenguaje sencillo para que cualquier persona pudiera entenderlo. Dado que la filosofía es relevante y vigente, en la medida en que sepa comprometerse y responda a los problemas e intereses de su tiempo, sobre todo si cuestiona al sistema social imperante y a los grupos hegemónicos.

En otras palabras, la filosofía actual sufre de una desconexión total con los problemas más importantes para la humanidad y una intolerancia total a ideas distintas, esto no es inocente, dado que la filosofía también puede ser usada para justificar un sistema de desigualdad social. Es decir, la filosofía actual es dogmática, contrario a lo que ha caracterizado a la filosofía históricamente: la crítica.

A su vez, comprendí que no se puede hacer filosofía que trascienda su propio tiempo si no se tiene una práctica política consecuente, de modo que decidí ingresar en una agrupación política. Es decir, sólo es posible tener claridad sobre los problemas sociales si somos partícipes de la lucha social, si somos capaces de comprometernos y organizarnos por una sociedad mejor, contrario a la filosofía académica que pretende decir cómo es el mundo detrás de un escritorio.

Estas dos experiencias (una negativa: la academia y otra positiva: la militancia política) configuraron mi segundo libro: La filosofía fuera de la academia, en el cual, al mismo tiempo que critiqué la injusta situación de que los mexicanos financien una producción filosófica que les da la espalda, busqué dar soluciones a problemas sociales y existenciales específicos.

Posteriormente, mi experiencia docente en preparatorias incorporadas a la UNAM y en universidades privadas, la interacción con organizaciones feministas y la capacitación en derechos humanos, brindada por el Comité Cerezo, impulsaron el desarrollo del tercer libro, el cual se titula: Filosofía para una sociedad enferma, ¿enferma de qué? De consumismo, de adicción al trabajo, de jornadas laborales extenuantes, de machismo, de misoginia, de terrorismo de Estado, de educación excluyente y acrítica, de abuso de poder, de clasismo y racismo, de vicios y oportunismos en el movimiento social, de desmemoria histórica, de prostitución en todos los sentidos del término, de abuso sexual, de feminicidios, y por último, de una ciencia al servicio del capitalismo y del patriarcado.

Esas son las problemáticas que se abordan en la presente obra, el objetivo es brindar herramientas teóricas para la emancipación social, porque como dijo Lenin: “sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario”. La metodología sigue siendo la de analizar cuestiones relevantes para la sociedad, tratando de conservar un lenguaje apto para el público general. Además busco articular tres teorías que considero indispensables para el análisis de la realidad: el marxismo (que propone la superación de la lucha de clases para forjar una sociedad libre de miseria), el feminismo (que propone el empoderamiento de las mujeres para que sean dueñas de sí mismas) y el iushistoricismo (que propone que los derechos humanos son el producto de la lucha de los pueblos en su búsqueda por una vida digna).

En el primer capítulo (Ciencia, capitalismo y patriarcado) analizo el papel que la ciencia ha jugado como una herramienta del capitalismo y del patriarcado para ejercer su dominio ideológico, político y epistémico hacia la población.

En el segundo capítulo (La sociedad enferma y sus enemigos) analizo una obra de Michael Schneider (psicólogo de la Alemania oriental), el cual estudia cómo el capitalismo produce neurosis en toda la población y cómo la lucha social es la mejor forma de terapia. Mostrando que las enfermedades sociales son producto de la opresión.

En el tercer capítulo (Educación popular y ética docente) critico dos de los más graves vicios en la docencia: el acoso sexual y el soborno, proponiendo la educación popular como metodología para combatirlos, mostrando las limitaciones de la educación por competencias y de la pedagogía constructivista.

En el cuarto capítulo (lo que no son los derechos humanos) trato de refutar los principales prejuicios sobre los derechos humanos, mostrando que son una herramienta útil para la lucha social y no sólo un mecanismo de los Estados para simular vida digna en la población.

En el quinto capítulo (Por qué defender los derechos humanos) muestro que la visión iushistórica de los derechos humanos nos permite comprender cómo los derechos son producto de la lucha social y que no basta que se asienten en la ley para que se cumplan.

En el sexto capítulo (lo que no es el feminismo) busco combatir los principales prejuicios sobre el feminismo, partiendo de lo que las propias feministas argumentan, de modo que sin tener la última palabra, trato de sumarme a la lucha contra el patriarcado y sus expresiones machistas.

En el séptimo capítulo (Por qué una masculinidad disidente) busco central la discusión sobre qué papel podemos jugar los hombres en el feminismo, de modo que no nos desentendamos de la desigualdad de género, pero tampoco pretendamos decirle a las mujeres qué hacer, sino que seamos capaces de cuestionar nuestros privilegios y sumarnos a la lucha feminista en su justo medio.

En el octavo capítulo (Por qué ser socialista y feminista) busco mostrar que el feminismo y el socialismo son dos teorías complementarias y que no podremos superar las contradicciones sociales si no sabemos articular la lucha contra el capitalismo y contra el patriarcado, dado que tienen el mismo origen histórico-material.

En el noveno capítulo (Sororidad y consciencia de clase) hago una crítica general a las organizaciones socialistas y feministas, mostrando que el oportunismo, el academicismo, el individualismo, el sectarismo y el dogmatismo, impiden que logremos articular las luchas en un gran movimiento de masas que supere al sistema capitalista-patriarcal. Proponiendo la herramienta de los derechos humanos como una posible solución.

Finalmente, en el décimo capítulo (Lo que no es la prostitución) abordo una problemática que exige articular el feminismo con el socialismo, dado que es producto de lo más crudo de la dominación patriarcal y de lo más extremo de la marginación capitalista. Partiendo de lo que Mujeres Creando (movimiento feminista boliviano) argumentan desde su experiencia.

Mi objetivo en esta obra es hacer filosofía desde la lucha social, para así romper la brecha entre el conocimiento y el pueblo, entre la teoría filosófica y la práctica emancipadora, y para combatir el temor a politizarnos, de modo que encontremos el significado de la vida luchando por una sociedad justa, donde cada cual trabaje según sus capacidad y reciba según sus necesidades (como dijera Marx), y donde las mujeres tengan poder sobre sí mismas (como dijera Mary Wollstonecraft).

Por último y no menos importante, quisiera remarcar que toda producción humana es colectiva, en la medida en que las personas que conforman nuestro contexto nos determinan, por lo que agradezco las aportaciones de Adriana Ramírez, Ligia Colmenares, el Comité Cerezo, Angélica García, Eduardo Pérez López y el Seminario de feminismo y marxismo en América Latina, que con sus teorías y praxis impulsaron esta obra.

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Ciencia, capitalismo y patriarcado

Ciencia, capitalismo y patriarcado 5a edición

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MAURICIO DIMEO

Introducción

En este ensayo se busca analizar el papel de la ciencia en la sociedad, combatiendo los extremos que la sitúan más allá de la ideología o que la reducen a una ideología. Particularmente se juzgará el uso de la ciencia en el patriarcado y en el capitalismo.

Se tratará de responder la pregunta ¿Qué relación hay entre el surgimiento del capitalismo, la consolidación del patriarcado y la revolución científica?

El objetivo de la presente investigación es recuperar a la ciencia para la lucha social y para el pueblo, de modo que se socialice el conocimiento, dado que en la actualidad el conocimiento científico no es accesible para la mayor parte de la población y es visto como algo hostil y temible.

  1. La revolución científica

La revolución científica suele señalarse como el paso del oscurantismo medieval a la era de la razón, la experimentación y el avance de la humanidad. Sin embargo, aun cuando representó un salto cualitativo hacia el conocimiento del universo, no estuvo libre de contradicciones históricas. Es fundamental comprender que la revolución científica no fue un proceso aislado, sino una herramienta del capitalismo en ascenso que luchaba contra las trabas económicas, políticas y culturales del feudalismo (Federici, 2004).

La revolución científica impulsó un avance capaz de comprender la estructura de la materia, la evolución de las especies, el funcionamiento del cerebro y la estructura de la sociedad, por nombrar algunos ejemplos, además de la posibilidad de usar ese conocimiento para la transformación del mundo, ya que la ciencia contribuyó al avance de las fuerzas productivas, las cuales representan un progreso histórico en sentido económico. Sin embargo, tal avance también implicó despojar al pueblo de gran parte de su sabiduría, para hacerlos depender de científicos y expertos ajenos a su cotidianidad, es decir, “con la persecución de la curandera de pueblo, se expropió a las mujeres de un patrimonio de saber empírico, en relación con las hierbas y los remedios curativos, que habían acumulado y transmitido de generación en generación, una pérdida que allanó el camino para una nueva forma de cercamiento: el ascenso de la medicina profesional que, a pesar de sus pretensiones curativas, erigió una muralla de conocimiento científico indisputable, inasequible y extraño para las «clases bajas»” (Ehrenreich e English, y Starhawk, en Federici, 2004:278). Consecuentemente, el desarrollo de la medicina profesional ha logrado que gran parte de las enfermedades que han aquejado a la humanidad sean curables y ha logrado conocer la mayor parte del funcionamiento del cuerpo humano, pero el costo ha sido establecer una barrera entre la medicina y la población, una barrera que posteriormente propiciará otros males, como veremos más adelante.

En consecuencia, la revolución científica es un fenómeno complejo que trajo beneficios y perjuicios a la humanidad. Por un lado nos brindó la posibilidad de conocer cómo funciona el universo en todos sus niveles (físico, químico, biológico y social) y la capacidad de aplicar ese conocimiento para generar tecnología, industria y medicina profesional, entre otras. Por otro lado, contribuyó a que el capitalismo ejerciera una dominación total hacia los desposeídos y hacia las mujeres para controlar sus cuerpos.

Por ejemplo, la disección de los cuerpos estaba prohibida en la Edad Media, pero fue necesaria para desarrollar la cirugía profesional (Federici, 2004:200), había una necesidad de conocer el cuerpo humano, pero no sólo por curiosidad, sino por una razón capitalista de concebir al cuerpo como una máquina y no como un organismo. Si el cuerpo es una máquina, entonces puede ensamblarse en una gran maquinaria para producir mercancías, como efectivamente hace la industria.

Por un lado, la visión del cuerpo humano como una máquina contribuyó a superar la visión supersticiosa del cuerpo, que impedía su estudio médico; por otro lado, la objetivación del cuerpo como una máquina trajo consigo la posibilidad de disciplinarlo para el desarrollo de la industria, lo que implicó que el Estado capitalista obligara a los campesinos y artesanos a convertirse en obreros y someterse a la lógica del capital, lo cual implica enajenación pues los trabajadores producen mercancías que no les pertenecen y que implican el desgaste físico y mental para producir riqueza para los capitalistas y no para sí mismos.

Por otra parte, el capitalismo en ascenso no sólo necesitaba disciplinar y enajenar a los desposeídos, también necesitaba quitarle el poder que ostentaban las mujeres medievales, ya que muchas de ellas habían desarrollado conocimientos para el control de la natalidad, de modo tenían la capacidad de decidir cuántos hijos tener e incluso decidían no tenerlos. Esto no era conveniente para el desarrollo del capital, ya que éste necesita a su disposición una gran masa de obreros para la producción industrial y una gran demanda de mano de obra para ponerlos a competir entre sí por empleos miserables.

Miles de mujeres fueron estigmatizadas como brujas (incluso por los propios científicos y filósofos racionalistas) y exterminadas durante más de doscientos años, es decir, “la caza de brujas fue promovida por una clase política que estaba preocupada por el descenso de la población y motivada por la convicción de que una población grande constituye la riqueza de una nación” (Federici, 2004:251). Consecuentemente, para arrancarle a las mujeres el control de la natalidad fue necesario que la medicina científica se apropiara de los conocimientos de las parteras y los utilizara en beneficio del capital, “A principios del siglo XVII, comenzaron a aparecer los primeros hombres parteros y, en cuestión de un siglo, la obstetricia había caído casi completamente bajo control estatal” (Federici, 2004:252). Esto implicó al mismo tiempo la consolidación del patriarcado, es decir, de un sistema de dominación sobre las mujeres, sobre sus cuerpos y sobre su capacidad reproductora.

Hablando de Francis Bacon, uno de los padres del método científico: “Su concepto de investigación científica de la naturaleza fue modelado a partir de la interrogación a las brujas bajo tortura, de donde surge una representación de la naturaleza como una mujer a conquistar, descubrir y violar (Merchant, en Federici, 2004:279). Es decir, el famoso método científico, que según el Oxford English Dictionary, es: «un método o procedimiento que ha caracterizado a la ciencia natural desde el siglo XVII, que consiste en la observación sistemática, medición, experimentación, la formulación, análisis y modificación de las hipótesis», probablemente tenga relación con la tortura hacia las mujeres y como hemos mencionado, de la asunción del cuerpo como una máquina que genera capital.

  1. Uso patriarcal de la ciencia.

El patriarcado es un sistema de subordinación, opresión y dominación sobre las mujeres, que se consolidó con el capitalismo. El conocimiento medicinal y reproductivo de las mujeres medievales fue expropiado por los hombres durante la caza de brujas, transfiriendo todo el conocimiento sobre el cuerpo femenino y sobre el control reproductivo hacia la institución masculina de la medicina profesional.

La ginecología surgió como una ciencia de hombres para controlar la sexualidad femenina, tan es así que el parto boca arriba está diseñado para la comodidad del médico y en detrimento del bienestar de la mujer, configurando la denominada violencia obstétrica, la cual implica que la mayoría de los partos no requieren la operación de la cesárea, pero es frecuentemente utilizada por ser más rápida y cómoda para el médico. La resistencia de gran parte de médicos y médicas para aceptar el aborto aun en condiciones legales, refleja la tradición de la que es parte la medicina profesional como instrumento capitalista para controlar la cantidad de mano de obra que el mercado demanda y como instrumento patriarcal para controlar el cuerpo de las mujeres (Villegas, 2014).

Otro ejemplo son las toallas sanitarias y tampones (Acciónfem, 2014), los cuales contienen sustancias venenosas para el organismo y son contaminantes para el ambiente, siendo que tenemos el suficiente conocimiento y tecnología para generar medidas salubres, pero como no sería algo lucrativo se opta por vender productos chatarra en detrimento de la salud.

En consecuencia, la ciencia es utilizada por el patriarcado para someter a las mujeres y controlar su reproducción, en muchos casos resulta una forma de violencia estructural en tanto que los médicos y médicas son formados para tratar a las mujeres con violencia, tanto en la exploración vaginal como en el parto y el aborto, pero también con descalificaciones hacia las mujeres que deciden no tener hijos; por razones homofóbicas o por motivos raciales, clasistas o gerontofóbicos (discriminación a los ancianos), es decir, el prestigio que tienen los médicos profesionales en la sociedad patriarcal, es aprovechado para una sistemática discriminación y una constante humillación hacia las mujeres y grupos no-hegemónicos, no es casualidad que hasta 1973 la psiquiatría considero a la homosexualidad como una enfermedad mental, la razón es que las prácticas no-heterosexuales ponen en peligro el control patriarcal de la sexualidad y de la reproducción, por lo que históricamente ha sido patologizado.

Por otra parte, la lucha de las mujeres por la igualdad de oportunidades logró que pudieran ingresar a las universidades y destacarse como grandes científicas y tecnólogas (Pino, 2015), tanto que los descubrimientos de Marié Curié sobre la radioactividad le hicieron acreedora de dos premios Nobel. Es decir, las mujeres han hecho grandes aportaciones a la ciencia, sin embargo,  el sistema patriarcal se ha encargado de invisibilizarlas o de atribuírselos a los hombres para demeritar sus logros. Por ejemplo, Rosalinda Franklin tuvo una participación crucial en la comprensión de la estructura del ADN, sin embargo la comunidad científica optó por no reconocérselo. Otro ejemplo, Joselyn Bell descubrió la primera radioseñal  de un púlsar, pero el reconocimiento y el premio nobel de física de 1974 no fue para ella, sino para su tutor. Otro ejemplo, Lise Meitner fue parte fundamental del equipo que descubrió la fisión nuclear, aunque sólo su colega Otto Hahn obtuvo el reconocimiento. Por último no olvidemos a Mileva Marić, la esposa de Einstein, que contribuyó en sus descubrimientos sin que fuera reconocida.

Además, la masculinización de la ciencia significó que la mayor parte los científicos sean hombres y que las ciencias exactas e ingenierías sean monopolizadas por los hombres, reforzando el estereotipo de las mujeres como incapaces del pensamiento abstracto o de ocupar puestos de dirección y orillándolas a actividades que reproducen el estereotipo asistencial de cuidadoras y educadoras como enfermeras y profesoras, siendo que la ciencia ha demostrado que hombre y mujeres somos capaces de realizar cualquier profesión al mismo nivel.

En pocas palabras, el sistema patriarcal implica una desaceleración de la ciencia porque es utilizada para controlar el cuerpo de las mujeres, para minimizar las aportaciones de las mujeres en la investigación científica y para reforzar los estereotipos de cuidadoras y educadoras sin pensamiento abstracto y sin capacidades directivas. Recordemos que la ciencia se impulsa arrancándoles el conocimiento a las brujas y el método científico surge, entre otras cosas, como una metáfora del interrogatorio y tortura contra las mujeres, aplicado en la naturaleza, por lo que el desarrollo de la ciencia contribuyó a la sistemática dominación masculina hacia las mujeres y hacia la naturaleza, lo que nos puede llevar a la devastación ambiental y al exterminio de la humanidad.

En ese sentido, se han hecho estudios pretendidamente científicos, pero amañados para justificar la subordinación, la opresión, la explotación y la dominación:

Por ejemplo, se hacen estudios en los que se pone a hombres y mujeres a realizar varias tareas a la vez y resulta que las mujeres logran mayor desempeño en multitareas, pero esto no significa que nazcan así, sino que culturalmente han sido exigidas para que cumplan con  dobles o triples jornadas laborales atendiendo hijos, limpiando la casa, yendo a trabajar a la calle, cuidando enfermos y cuidando su aspecto, de modo que son obligadas a rendir más que los hombres y esto termina reflejándose en los exámenes. En realidad la multitarea femenina es un mito generado para justificar la opresión patriarcal (Galtes y Casademont, 2010).

Otro ejemplo es la afirmación de que las mujeres son menos inteligentes porque no hay campeonas de ajedrez, pero esto obedece a cuestiones culturales y no genéticas, las mujeres son educadas en su mayoría para no generar pensamiento abstracto y para cuidar de sus familiares, por lo que sus posibilidades históricas de destacar en actividades intelectuales es menor. Por lo contrario, la mejor ajedrecista del mundo, Judit Pólgar, posee el título de gran maestra internacional, gracias a que su padre le organizó un programa educativo enfocado en el ajedrez.

Otro ejemplo, se tiene el prejuicio de que existen las razas humanas y de que se nace con habilidades diferentes de acuerdo a la raza, siendo que se ha demostrado científicamente que las razas humanas no existen, dado que las diferencias genéticas no son suficientes para establecer esa clasificación, de modo que la coloración de la piel no implica ventajas físicas o intelectuales, sino que éstas son generadas culturalmente. Sin embargo, se tiene la creencia de que la gente con piel oscura tiene más habilidad para el deporte o la música, poniendo como ejemplo a boxeadores, futbolistas, corredores y jazzistas. La realidad es que en una sociedad racista, las oportunidades de destacar en puestos directivos, administrativos o intelectuales son menores para la gente de piel oscura, por lo que se ven obligados a destacar en lo que son tolerados y estereotipados (Contreras, 2015).

  1. Uso capitalista de la ciencia.

La transición del feudalismo al capitalismo impulsó la revolución científica, la consolidación del capitalismo como sistema mundial también afianzó a la ciencia como el mejor método para adquirir conocimiento y transformar al mundo. Sin embargo, en la actualidad el capitalismo representa una desaceleración para la propia ciencia, dado que sólo investiga y financia aquello que le genera ganancias económicas, y no aquello que beneficie a la comunidad, sin importar que sus avances dañen a la población o al medio ambiente. Es decir, la ciencia en el capitalismo sólo avanza en aquellos ámbitos que puedan generar jugosas ganancias, o que prometan generarlas en un futuro próximo, esto implica que la población sólo se verá beneficiada secundariamente, como consecuencia de la generación de capital y no como su principal objetivo.

Esta desaceleración que padece la ciencia gracias al capitalismo actual se refleja en una infinidad de ámbitos y tecnologías, por ejemplo en la medicina. En la actualidad se sabe cómo curar la mayor parte de las enfermedades, incluso se sabe cómo prevenir la mayoría de ellas, se tiene suficiente tecnología y recursos para que prácticamente no haya enfermedad en el mundo, pero eso no sería lucrativo para las farmacéuticas, para los hospitales privados, ni para el mercado capitalista en general, es preferible mantener a la gente enferma permanentemente, incluso adicta a antidepresivos, pastillas para dormir, antiácidos y otras drogas para que el consumo se mantenga, en detrimento de la salud (Pijamasurf, 2011).

Por ende, se busca privatizar la salud pública, se prefiere vender medicina paliativa que curativa, muchas medicinas son demasiado tóxicas para el cuerpo, pero no se regulan o controlan lo suficiente porque son grandes negocios, se desestima la medicina preventiva como las vacunas por cortar el ciclo del mercado (o se distribuyen vacunas engañosas como la del virus del papiloma humano), se promociona la medicina milagrosa que es fraudulenta porque promete salud, delgadez y felicidad sin el más mínimo esfuerzo y vende mucho. Se invierte en cirugía estética como consumo para la clase dominante. Se oferta la medicina con descuentos, promociones y paquetes como si fuera un producto más de consumo masivo y no como parte del derecho humano a la salud. La salud es un gran negocio que impide la aplicación certera de la medicina científica para el beneficio social (Palecek, 2009).

Por ejemplo, enfermedades como el SIDA son grandes negocios para las farmacéuticas, de modo que se invierte poco en investigaciones que puedan hallar una cura, “La mayor parte de la investigación privada se centra en conseguir nuevas drogas anti-retrovirales; medicamentos éstos que los pacientes deberán seguir tomando de por vida” (Palecek, 2009). Por lo contrario, la investigación para hallar una vacuna contra el SIDA no avanza simplemente porque no sería un buen negocio.

Otro ejemplo lo tenemos en los alimentos transgénicos. El mito que se vende es que la agricultura a nivel mundial no es suficiente para alimentar a la población, por lo que sería necesario utilizar alimentos modificados genéticamente, sin embargo “en el año 2000, 36 millones de personas en el mundo murieron de hambre o por causa de enfermedades por carencias, al mismo tiempo, la Bolsa de Materias Primas Agrícolas de Chicago señaló que a nivel mundial existían alimentos suficientes para una población de 12 mil millones de seres humanos, cuando sólo somos la mitad. Esa bolsa de valores está dominada por seis trasnacionales, que son las que fijan los precios anuales de los productos agrícolas y las que sentencian a pueblos enteros a vivir en la miseria y la hambruna” (Rodríguez, 2003) Es interesante cómo la supuesta solución a los transgénicos sea la llamada comida orgánica, la cual sólo es accesible para la clase dominante por los altos precios. En otras palabras, mientras los pobres comen alimento envenenado (transgénico), los ricos comen alimento elitista (orgánico), siendo que con los avances de la ciencia sería posible que toda la población del mundo tuviera alimentos saludables (López, 2013).

El caso de las patentes es paradigmático del capitalismo, la suposición que subyace es que si una persona tiene la genialidad de hacer una invención, merece recibir regalías cada vez que se utiliza su innovación. Esto supone una visión individualista y elitista del conocimiento que ignora o niega que todo conocimiento es una producción social, es decir, nadie está aislado de los demás, nacemos en un contexto histórico con determinados recursos generados socialmente, de modo que todo cuanto hagamos se lo debemos a nuestra comunidad, desde el barrendero de nuestra cuadra hasta el docente que nos guía, por lo que todo cuanto produzcamos fue gracias a la humanidad, de modo que las patentes significan la privatización del conocimiento en la lógica capitalista.

Por otro lado, la inversión en investigación física, tanto la aceleración de partículas, como la aventura espacial, son en su mayoría producto de la ostentación de empresas y naciones dentro de la competencia capitalista o en todo caso inversiones a largo plazo que privatizan el conocimiento, por lo que son reprobables en la medida en que utilizan recursos que podrían ser invertidos en educación, salud, vivienda, infraestructura y alimentación para toda la población. La paradoja es que busquemos vida extraterrestre con tanto entusiasmo que no seamos capaces de cuidar la vida terrestre, particularmente la humana.

Otro aspecto más de la desaceleración capitalista de la ciencia es la obsolescencia programada, que consiste en producir cada vez más mercancías desechables, de modo que deban ser reemplazadas en poco tiempo, lo cual no sólo genera consumismo, sino basura tecnológica y precariedad, dado que gran parte de los ingresos deben ser destinados a reemplazar productos socialmente necesarios como refrigeradores, celulares, computadoras y televisores, siendo que poseemos los conocimientos científicos y tecnológicos para una durabilidad mucho mayor.

Otro ejemplo es la vivienda e infraestructura, se posee el suficiente conocimiento científico, recursos y tecnología para que toda la población mundial tuviera una vivienda digna y un barrio integral con escuelas, trabajos, parques, drenaje, electrificación, internet y centro de abastecimiento para cubrir necesidades básicas, pero que los gobiernos lo financien no es negocio, por lo que estamos viviendo el desmantelamiento de todos los servicios públicos en beneficios del capital, la privatización neoliberal de todo lo que requerimos para una vida digna, incluso se vive la aberrante contradicción de la especulación inmobiliaria donde millones se quedan sin casa y millones de casas están vacías.

Por último, el caso de la investigación académica es cuestionable, la mayoría de los doctorados en el mundo generan gente sobrecalificada y superespecializada que difícilmente pueden generar soluciones concretas a problemas sociales, o como en Alemania que los doctorados están directamente enfocados en la generación de capital y no en beneficio de la población. Sin embargo, por irónico que suene, no necesitamos tanta investigación, hemos llegado a un punto en que el estado actual de la ciencia y la tecnología son suficientes para resolver la mayor parte de los problemas de hambre, enfermedad, miseria y todo tipo de carencias, lo que hace falta es aplicar tal conocimiento para el beneficio social. La cuestión es qué tipo de investigaciones se financian y para qué, dado que en su mayoría justifican al sistema capitalista o proponen soluciones parciales que no cuestionan el origen histórico-político de la desigualdad. Necesitamos impulsar una investigación con perspectiva social, dentro o fuera de la academia, que se enfoque en resolver los problemas más apremiantes como el hambre, la miseria y la desigualdad, criticando las investigaciones a modo que avalan al sistema.

En pocas palabras, la ciencia debe su revolucionario nacimiento al capitalismo, pero ahora está siendo desacelerada, por lo que se necesita de otra revolución social que le brinde un nuevo impulso, de modo que sea benéfica para la población y no para generar ganancias a los dueños del capital.

  1. Filosofía de la ciencia.

En el siglo XIX Comte fundaba el positivismo con la presunción de superar la ideología abanderando la ciencia. Nietzsche, su contemporáneo, confundía ciencia e ideología para afirmar que todo es cuestión de perspectiva y que no hay verdades firmes. Ambas posturas marcaron el inicio de las dos grandes corrientes en filosofía y por ende en filosofía de la ciencia en el siglo XX: la filosofía analítica y la filosofía continental, respectivamente.

4.1 Filosofía analítica de la ciencia.

Esta gran corriente, heredera del positivismo y del Círculo de Viena, optó por enfocarse en problemas fundamentalmente epistemológicos, lógicos y metodológicos de la ciencia, negando o ignorando el uso ideológico de la ciencia. Ya sea porque no sea interesante el problema de la ideología para los filósofos analíticos o porque creen que se puede hacer ciencia sin ideología.

En todo caso la filosofía analítica le hace el juego al sistema capitalista-patriarcal, dado que al no darle importancia o ignorar los problemas políticos de la ciencia, termina por justificar y fortalecer una visión (ingenua o encubiertamente) neutral de la ciencia, contribuyendo a la privatización del conocimiento, el uso militar y lucrativo de sus aplicaciones y por ende mantiene la función reaccionaria de la ciencia que se origina en el positivismo de Comte.

Sin duda los problemas epistémicos, ontológicos, metodológicos y lógicos que aborda la filosofía analítica de la ciencia son importantes, pero como se desligan de los problemas políticos terminan por ensimismarse y ser pura erudición lo que abre más la brecha entre la ciencia y la población.

Por otra parte, Bunge (2010) hace una crítica excelente a las pseudociencias y a la filosofía, pero tacha de pseudocientíficas las teorías del marxismo y del feminismo, por lo que anula toda posibilidad de usar a la ciencia para la emancipación, principalmente porque no entiende el concepto de ideología.

4.2 Filosofía continental de la ciencia.

La filosofía continental (que engloba la hermenéutica, la fenomenología y al existencialismo, entre otras), tiene el acierto de señalar el uso político de la ciencia. La crítica que inició Nietzsche fue retomada por la Escuela de Frankfurt para dudar del conocimiento científico, sin embargo confunden el uso político de la ciencia con la ciencia misma, de modo que “tiran el agua sucia de la bañera junto con el niño”, anulando así toda posibilidad de usar la ciencia para la emancipación humana.

En general la Teoría crítica es utilizada para suavizar y neutralizar todo brote de marxismo en las universidades, de modo que no se censure abiertamente pero se anule su efecto concientizador, dado que la teoría crítica mezcla arbitrariamente al marxismo con psicoanálisis y hermenéutica, generando una crítica social sin propuesta teórica ni práctica.

Por otra parte, la famosa obra de Kuhn sobre la estructura de las revoluciones científicas, lejos de explicar cómo cambian las visiones, los métodos y los lenguajes científicos (lo que Kuhn denomina paradigma), introduce una visión de que la ciencia es más una creencia que una certeza, dado que argumenta erróneamente que cada paradigma es inconmensurable con el anterior, es decir, que la ciencia vuelve a empezar cada cierto tiempo, siendo que en realidad cada avance científico supera e integra al anterior, como la física cuántica que no niega rotundamente a la física clásica, pero restringe su aplicación. Es decir, Kuhn propone una visión irracionalista y contrarrevolucionaria de la ciencia (Bunge, 1985:51), que anula su potencial emancipador.

Por último, el más peligroso filósofo continental de la ciencia es Feyerabend, quien bajo la consigna “todo vale”, argumenta que el conocimiento científico es tan válido como la medicina alternativa o la astrología.  No sólo está confunde a la ciencia con el uso político de la misma, sino que con ello su filosofía es funcional al sistema, pues las farmacéuticas y los militares seguirán produciendo ciencia para la destrucción y el enriquecimiento, mientras el discurso de Feyerabend contribuirá al desprestigio popular de la ciencia, anulando la posibilidad de que se use en favor de los desposeídos.

En pocas palabras, la mayor parte de la filosofía de la ciencia sirve para justificar al sistema o para confundir a la población, lo cual no debe extrañarnos, pues el presupuesto que la financia viene de los mismos organismos que dirigen la política y la educación mundial, y no promoverían investigaciones que cuestionen sustancialmente el orden imperante.

4.3 Filosofía de la ciencia e ideología

Por ideología entendemos “un conjunto de ideas acerca del mundo y la sociedad que responde a intereses, aspiraciones o ideales de una clase social en un contexto social dado y que guía y justifica un comportamiento práctico de los hombres acorde a esos intereses, aspiraciones o ideales” (Sánchez Vázquez, 1975:145).

Con respecto a la ideología en la ciencia, existen dos posiciones extremas, una que considera que las ciencias logran su objetividad al superar la ideología (predominantemente filósofos analíticos) y otra que considera que las ciencias involucran aspectos ideológicos intrínsecos que impiden que sean objetivas, por lo que están sujetas a la interpretación subjetiva del investigador (como la visión hermenéutica dentro de la filosofía continental). Ambas posturas se equivocan, como veremos.

Ciertamente la ideología está presente con mayor fuerza en las ciencias sociales que en las naturales, dado que los problemas sociales requieren de un posicionamiento político que impide su estudio de modo neutral, esto no significa que sea imposible ser objetivo, por lo contrario, en la medida en que nos hagamos conscientes de nuestra carga valorativa, es como podremos forjar objetividad en la investigación social.

Por lo contrario, la presunción de que se puede hacer ciencia social superando la ideología implica una ingenuidad metodológica (al no ser tener conciencia de los intereses políticos a los que se obedece), o una ideología encubierta de supuesta neutralidad (al no hacer explícitos los intereses que subyacen a la investigación), es decir, “la doctrina de la neutralidad ideológica (…) es una manifestación de la ideología burguesa ante la cual el científico social no puede ser indiferente” (Sánchez Vázquez, 1975:163).

En consecuencia, gran parte de la filosofía de la ciencia desacelera el avance de la ciencia, ya sea negando su objetividad (desde la filosofía continental) o asumiendo ingenuamente haber superado la subjetividad ideológica (como Bunge, 1985). Sin embargo, la filosofía marxista (como la de Sánchez Vázquez) nos da las herramientas necesarias para entender el papel que juega la ideología en la investigación, mostrando que no puede suprimirse, sin que por ello se pierda objetividad, dado que “la ideología es punto de partida, en el sentido de que toda ciencia social se hace siempre desde y con cierta ideología” (Sánchez Vázquez, 1975:152). Es decir, la filosofía marxista de la ciencia tiene la posibilidad de contribuir al avance de la humanidad, dado que puede ser utilizada para explicar las condiciones históricas que hicieron surgir a la ciencia, su uso en el sistema capitalista-patriarcal y su posible utilización como herramienta para la emancipación humana, tal como se intenta hacer en este ensayo.

Conclusiones

La ciencia es una de las más importantes creaciones de la praxis humana, de tal modo que todo cuanto somos y hacemos es gracias a ella. Sin embargo, la ciencia no está por encima de su tiempo, sino que es un producto histórico del capitalismo y del patriarcado, y como tal es resultado del avance de las fuerzas productivas, del sometimiento de las mujeres y de la privatización del conocimiento. Negar la ciencia o ignorarla implica perder el poder del conocimiento para la lucha social, por lo que necesitamos utilizar a la ciencia y su metodología en favor de la revolución socialista y feminista.

Recuperemos la ciencia para el pueblo y sistematicemos los elementos científicos del saber popular (de donde surgió con los herejes y las brujas hace medio milenio), para que la gente le pierda el miedo al conocimiento científico y lo utilice para su emancipación. Evidenciemos que el capitalismo y el patriarcado son las trabas principales para el avance de la ciencia, mostremos que con los conocimientos científicos actuales es materialmente posible que toda la humanidad disfrute de una vida digna, pero que el conocimiento científico se utiliza para el enriquecimiento de unos cuantos y la miseria de la mayoría. Llevemos el conocimiento a las calles, a las escuelas, a las fábricas, a los hogares, mostremos que la ciencia libera, si es utilizada por una política emancipadora.

Referencias

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Bunge, Mario. (1981) Materialismo y Ciencia. México, Ariel.

Bunge, Mario (1985) Seudociencia e ideología. Madrid, Alianza Universidad.

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Palecek, Mike. (2009) Capitalismo contra ciencia. En: http://www.nodo50.org/ciencia_popular/articulos/Capitalismo.htm Consultado el 17 de junio de 2015.

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POR QUÉ UNA MASCULINIDAD DISIDENTE

POR QUÉ UNA MASCULINIDAD DISIDENTE

MAURICIO DIMEO

masculinos

INTRODUCCIÓN

Este ensayo busca abordar la masculinidad partiendo del feminismo, en tanto que la lucha feminista tiene la capacidad de contribuir a la emancipación humana, abre la posibilidad de cuestionar y de generar alternativas, con ello se trata de responder algunas cuestiones como ¿Por qué los hombres debemos unirnos a la lucha feminista?

  1. La masculinidad hegemónica.

El patriarcado es el sistema político que produce y reproduce la dominación de los hombres sobre las mujeres. Los masculinos hegemónicos son aquellos hombres que sacan provecho de esa hegemonía para sus intereses. La mayoría de los hombres en el mundo son masculinos hegemónicos porque nacieron en el sistema patriarcal, de modo que fueron educados para ser machistas en todos los ámbitos posibles: familia, escuela, televisión y trabajo, entre otras. Entendemos machismo como la ideología que engloba el conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a promover la negación de la mujer como sujeto, es decir, hacer pasar por natural que los hombres son más inteligentes, fuertes, líderes natos, dominantes, racionales, cuerdos y capaces en todos los ámbitos.

Además, la masculinidad hegemónica exige del hombre que sea el proveedor infalible, que no exprese sentimientos, que trate a las mujeres como objetos, que sea sexualmente excelso, incluso que sea violento en su cotidianidad. Busca naturalizar la exigencia opresiva de que la mujer efectúe extenuantes jornadas asumiendo que ha nacido con la cualidad de la multitarea, siendo que no es más que un producto histórico de su sujeción (Galtes y Casademont, 2010).

La masculinidad hegemónica es androcéntrica (Varela, 2013:328), asume que el hombre es el centro del universo, lo cual se ve reflejado en el lenguaje que equivale “hombre” a género humano, en concebir sólo a los hombres como sujetos de derechos, que ve a las mujeres tan sólo como complemento de los hombres, que se asume como sujeto sexual y a las mujeres como objetos sexuales, incluso asume la caballerosidad como la mejor forma de tratar a las mujeres, siendo que esta práctica presupone la infantilización de las mujeres, dado que ser un caballero implica concebirlas como seres dependientes o disminuidos, que no pueden comportarse en el espacio público de manera autónoma y que requieren el auxilio de los hombres en todo momento (Erazo, 2015).

La masculinidad hegemónica justifica la violencia machista asumiendo que los hombres son violentos por naturaleza, por lo que son propensos a golpear, violar y someter a las mujeres; de modo que sea responsabilidad de ellas cuidarse del acoso, violaciones y asesinatos recluyéndose al espacio privado del hogar. Lo cual es sumamente contradictorio, pues por un lado se apela a la superioridad racional del hombre para ejercer su dominio institucional y por otro se apela a la naturaleza irracional de sus instintos para justificar su tendencia violenta. Lo que está de fondo es el sistema patriarcal, que a raíz de la división sexual del trabajo (Kollontai, 1976), ha perpetuado el sometimiento, subordinación y opresión de los hombres contra las mujeres. Es decir, los hombres no son buenos o malos por naturaleza, sino que su dominio responde al desarrollo histórico que tiene como base la propiedad privada y el sometimiento de la naturaleza, los desposeídos y el cuerpo de las mujeres.

  1. Las nuevas masculinidades.

El ingreso de las mujeres al mercado laboral por impulso del capitalismo (Marx, 1980), propició las condiciones materiales para la lucha feminista, la cual generó diversas conquistas como su reconocimiento en el espacio público en la calle, la escuela y el trabajo. Esto trastocó los roles familiares clásicos, en los que la mujer se dedicaba exclusivamente al hogar y el hombre brindaba todo el sustento económico, lo que obligó a replantear la masculinidad hegemónica, de modo que estuviera acorde a los procesos sociales emergentes. Es decir, tanto el feminismo como las nuevas masculinidades surgieron en razón de condiciones históricas propicias para una transformación de los roles sexuales, de modo que la independencia económica de las mujeres sentó las bases para romper la normatividad de la familia nuclear.

Sin embargo, las nuevas masculinidades no van al fondo del problema, pues en su mayoría no cuestionan la  heteronormatividad (que puede ser entendida como un sistema de normas que concibe la otredad como inferior y subordinada al sujeto dominante), sino que se centran en el problema de la identidad (Azpiazu, 2013) y se limitan a modificaciones individuales como el reparto de las tareas del hogar, la aceptación de que en algunos casos la esposa sea el sostén económico, una paternidad sensible, la apertura para llorar y expresas sus emociones abiertamente, la exploración del cuerpo más allá de los genitales, la manifestación de la feminidad, el ejercicio  de la homosexualidad y transexualidad, y el apoyo al movimiento feminista en diversos grados, entre otros.

Aun cuando todos estos factores sean favorables para una relación igualitaria entre géneros, se reducen a cambios individualistas que no cuestionan al sistema de fondo, sino que sólo son “nuevas” o “diversas” como si todas las masculinidades fueran igual de válidas y de determinantes, cayendo así en un relativismo sin una propuesta política que sea capaz de combatir consistentemente al patriarcado.

En pocas palabras, no se trata de maquillar la masculinidad con propuestas alternativas, sino de cuestionarla de raíz, asumiendo que históricamente ha sido un instrumento de dominio y opresión hacia las mujeres, de modo que no basta con reformar la masculinidad dejando intacto al sistema patriarcal, sino que como masculinos debemos hacernos conscientes y cuestionar de fondo toda una serie de privilegios para los hombres que subordinan a las mujeres, como veremos.

  1. La masculinidad disidente

Contra la masculinidad hegemónica y ante las nuevas masculinidades, construyamos una masculinidad disidente, la cual consiste en cuestionar de raíz la violencia machista, la dominación patriarcal y la subordinación sistemática de las mujeres.

La masculinidad disidente tiene que empezar por cuestionar los privilegios que tenemos los hombres por nacer en el patriarcado y que muchas veces no notamos por haberlos disfrutado siempre. Asumir que las mujeres sufren desventajas construidas por un sistema androcéntrico, tal como en lo económico, donde la mayoría de las propiedades están a nombre de hombres, el ingreso por igual trabajo es menor para las mujeres, la posibilidad de ascenso para las mujeres o de realizar trabajos asumidos como masculinos es limitada, el riesgo de ser despedidas por embarazo o por no acceder a favores sexuales es considerable, el salir a la calle de día y de noche conlleva un riesgo mayor para las mujeres de ser asaltadas, violadas o asesinadas, lo cual es producto de un sistema pensado y configurado para los hombres.

También debemos cuestionar la feminización del trabajo doméstico y la masculinización del trabajo externo, asumiendo que hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades para desempeñarnos en ambos trabajos, sin que esto represente que el hombre “ayuda” en las labores del hogar, sino que establezca un compromiso de trabajo equitativo; en el trabajo externo al hogar, debemos romper con el prejuicio de que el trabajo de la mujer es complementario o que se le hace un favor al contratarla, dado que puede desempeñar las mismas funciones que los hombres, incluyendo los que involucran fortaleza física, lamentablemente hemos sido educados para pensar lo contrario.

La masculinidad disidente busca combatir los prejuicios misóginos como el que considera que la mujer virgen es más valiosa como si su ser se redujera a una supuesta pureza sexual. En contraste, la masculinidad disidente rompe el estereotipo de que un hombre con muchas parejas es más hombre o que una mujer con muchas parejas es menos mujer, ya que no se trata de una competencia ni de ser más que otro, sino que como masculinos disidentes respetemos el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, tanto en su sexualidad como en su reproducción, su apariencia y su cuidado personal, ya que los hombres que se sienten con derecho a opinar sobre el cuerpo de las mujeres reproducen la masculinidad hegemónica autoritaria y paternalista, que utiliza a las mujeres para su placer.

En otras palabras, aun cuando el machismo afecta a hombres y a mujeres, el grado en que pueda afectar a los hombres es incomparablemente menor. En consecuencia, que no podamos llorar o que se nos humille si no mostramos un carácter dominante: no es nada grave comparado con el riesgo latente que tiene las mujeres de sufrir violencia sexual en cualquier ámbito de sus vidas e incluso feminicidio, que es el asesinato de las mujeres por el hecho de serlo.

Ser disidente no implica necesariamente optar por una preferencia no-heterosexual, dado que aun cuando las prácticas sexuales conllevan un grado de trasgresión, suelen ser mediatizadas por el sistema capitalista mediante el consumo, es decir, de nada sirve disentir de la heterosexualidad si sólo implica promover el mercado de la diversidad y no cuestionar la subordinación de las mujeres. En ese sentido, que los hombres se vistan como mujeres o que se hagan operaciones sexuales no es suficiente, en la medida en que siguen perpetuando los roles de género, donde las mujeres son subordinadas.

La masculinidad disidente cuestiona, visibiliza y combate la violencia machista en uno mismo y en los demás, desde la más sutil que es la mirada morbosa o agresiva, pasando por la violencia verbal del piropo y del cortejo impositivo, y luchando contra la violencia física de los golpes, la violación y el feminicidio, sin olvidar la violencia estructural de la dependencia económica de las mujeres y de sus hijas e hijos. Considerando que no basta con no ser masculino hegemónico, sino que asumamos el compromiso de sumarnos a la lucha contra todo tipo de violencia contra las mujeres (Moscacojonera, 2014).

Uno de los problemas más graves dentro del patriarcado es la trata de mujeres, que materializa la visión capitalista de las mujeres como mercancías. De modo que la masculinidad disidente debe posicionarse contra el consumo sexual en todas sus formas, desde la prostitución hasta el modelaje. Sin embargo, no nos corresponde a los hombres decirles a las mujeres cómo vestir o como ganarse la vida, pues estaríamos cayendo en un paternalismo que corresponde a la masculinidad hegemónica. De modo que nuestra labor es acompañar los procesos de lucha contra la trata y la prostitución, forjados por las mismas mujeres, sin pretender protagonizarlos.

En ese sentido, la posición de la masculinidad disidente frente al feminismo es compleja. Por un lado no debemos invadir sus espacios diciéndoles cómo debe ser el feminismo, pues estaríamos cayendo en el vicio machista de decirles qué hacer a las mujeres; pero tampoco podemos desentendernos de la lucha feminista como si fuera una cuestión sólo de mujeres. Debemos encontrar el punto medio, el cual consiste en acompañar la lucha feminista sin invadir sus espacios, teorizar sobre feminismo partiendo de los argumentos de las feministas sin pretender tener la última palabra, asumir y cuestionar nuestros privilegios de hombres y combatirlos, y construir relaciones masculinas que sean críticas ante las prácticas machistas como los piropos, el acoso sexual y la misoginia. Incluso debemos combatir una sociedad hipócrita que alaba al hombre pro-feminista y criminaliza a la mujer feminista (Frida, 2013), pues estaríamos reproduciendo la masculinidad hegemónica que reconoce todo cuanto haga el hombre y minimiza todo cuando haga la mujer.

Por otra parte, gran parte de la violencia hacia las mujeres es económica, producto del capitalismo como última etapa de la civilización clasista, por lo que la masculinidad disidente debe comprometerse en la lucha de clases, dado que la única forma de superar la desigualdad social es superando al capitalismo e instaurando una sociedad donde cada cual trabaje según sus capacidades y reciba según sus necesidades. Sería inconsecuente combatir al patriarcado sin una propuesta objetiva de emancipación histórica, dado que no se estaría yendo al fondo del problema.

  1. La masculinidad farsante

Como toda corriente de pensamiento, la masculinidad no-hegemónica sufrió de desviaciones e imposturas, las cuales han sido nombradas de muchos modos: machismo mutante, machismo progre, machismo de izquierdas, machismo infiltrado o como prefiero nombrarlo: masculinidad farsante.

Lo que define a esta masculinidad es que utiliza los espacios feministas para su provecho y una infinidad de herramientas, unas más sutiles que otras, para pasar como un defensor del feminismo.

El peor de los masculinos farsantes es aquel que utiliza los espacios feministas (donde muchas veces llegan mujeres que han sufrido violencia y no saben a dónde acudir) para sacar provecho sexual, ya que bajo la bandera de la liberación sexual, persuaden e incluso fuerzan a las mujeres a tener relaciones sexuales, y como aparentemente son espacios de compañerismo y empoderamiento, suele confiarse en tales hombres.

La labor del masculino disidente en estos casos es estar alerta consigo mismo para no caer en esta deformación activista, pero también combatir, cuestionar y denunciar a cualquier masculino farsante. Además de apoyar la lucha que ya efectúan las propias feministas para denunciarlos y combatirlos.

El masculino farsante pretende decir cómo es el verdadero feminismo, lo que es imposible dado que los hombres jamás viviremos en carne propia la opresión patriarcal, por lo que nuestro deber es acompañar la lucha feminista sin querer protagonizarla (Whelehan, 1995), además de denunciar a los farsantes que pretendan hacerlo, dado que suelen acusar a las feministas de exageradas, perpetuando así la criminalización del feminismo que hace la masculinidad hegemónica (Rosso, 2014).

El masculino farsante se siente con el derecho de opinar sobre el cuerpo de las mujeres, diciendo qué tan delgada o gorda debe ser, qué tanto debe maquillarse, qué tan limpia o sucia es la menstruación, qué tanto deben depilarse y qué tan atractiva es una mujer joven o vieja; con lo cual reproduce la masculinidad hegemónica que le dice a la mujer cómo debe ser, aun cuando no esté reproduciendo la estética excluyente que impone el patriarcado. Por el contrario, el masculino disidente se calla ante el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y procesos, defendiendo el derecho de las mujeres a vivir su sexualidad como más les plazca. Hay que distinguir entre dos procesos distintos: el que las mujeres dejen de verse a sí mismas como objetos, que es un empoderamiento exclusivamente de ellas; y el que los hombres dejemos de opinar hegemónicamente sobre cómo deben ser las mujeres.

El masculino farsante promueve el uso de recursos públicos para eventos de masculinidad e incluso defiende los “derechos del hombre”, el día internacional del hombre o el concepto de masculinicidio (asesinato de un hombre por el hecho de serlo), lo cual es tan absurdo como sería el día de la raza blanca, o el día del rico, dado que si bien el racismo, el clasismo y el machismo nos afecta a todos, la magnitud del daño es infinitamente menor para los sectores hegemónicos (blancos, ricos y hombres), por lo que destinar recursos para dichos sectores implica perpetuar la desigualdad y la opresión, aun con las mejores intenciones.

El masculino farsante se “feminiza” usando falda, hablando de sí mismo en femenino o tomando roles pasivos en el acto sexual (Murillo, 2014), con lo cual sólo cuestiona al patriarcado superficialmente, mediante las formas, dejando intactos los privilegios que tiene por ser hombre e incluso negándolos de palabra.

El masculino farsante cree que por ser parte de la comunidad gay ya está siendo disidente y está exento de actitudes machistas, pretendiendo sufrir el mismo acoso que las mujeres, siendo que en muchos casos toma actitudes misóginas y abusa de sus privilegios por el hecho de asumirse víctima del patriarcado.

Finalmente, el masculino farsante critica que las feministas utilicen un lenguaje violento o aprendan defensa personal, siendo que la no-violencia es un arma más del patriarcado para que las mujeres no se defiendan de los acosadores y no luchen por sus derechos (Gelderloos, 2012). Argumentar que “todo lenguaje y acto bélico es patriarcal” perpetúa el pacifismo conciliador que ha mantenido a las mujeres oprimidas por demasiado tiempo. Incluso existen masculinos farsantes que pregonan contra la violencia, mientras que sus prácticas sexuales son abusivas.

Conclusión

Los hombres no podemos ser feministas en sentido estricto porque jamás viviremos la opresión patriarcal en carne propia. Sin embargo, podemos sumarnos a la lucha feminista cuestionando nuestros privilegios, combatiendo la masculinidad hegemónica y denunciando a los masculinos farsantes.

Nuestra labor radica en forjar una masculinidad disidente que no pretenda protagonizar la lucha feminista, ni sacar provecho de ella, sino acompañar a las mujeres en su proceso de emancipación, construyendo relaciones igualitarias donde no haya subordinación de clase ni de género, las mujeres tengan poder sobre ellas mismas, y cada cual trabaje según sus capacidades y reciba según sus necesidades.

REFERENCIAS

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Erazo, Ivan (2015) Caballerosidad: La prima taimada del machismo. En: http://www.sociedadytecnologia.org/blog/view/153617/caballerosidad-la-prima-taimada-del-machismo Consultado el 20 de enero de 2015.

Frida Freddy, Frieda (2013) ¡No insistan! Ser hombre es incompatible con ser Feminista. En:  http://djovenes.org/archivo/?p=9392 Consultado el 4 de enero de 2015.

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LO QUE NO ES LA PROSTITUCIÓN

LO QUE NO ES LA PROSTITUCIÓN

Segunda edición

MAURICIO DIMEO

prostitución

Para Brigada Callejera Elisa Martínez,

por su lucha.

INTRODUCCIÓN

La problemática de la prostitución está envuelta en muchos prejuicios y grandes polémicas, por eso este ensayo intenta clarificarla desde una posición crítica y propositiva, que no parta de lo que se piensa desde afuera o desde una visión masculina, sino que busque partir de las mismas mujeres que sufren esta situación.

  1. La prostitución no es el oficio más antiguo

Las más explotadas son las madres de nuestro pueblo. Ellas están de manos y pies amarrados por la dependencia económica. Son forzadas a venderse en el mercado de la boda, como sus hermanas prostitutas en el mercado público. Friedrich Engels

La prostitución se define como  el acto de participar en actividades sexuales a cambio de dinero o bienes. En tal sentido podemos afirmar que la prostitución no puede ser el oficio más antiguo, dado que en la prehistoria de la humanidad el intercambio de bienes era mínimo y el dinero no existía. En la época salvaje “era desconocida la propiedad privada (…) no existía ninguna clase de diferencia entre la situación de la mujer y la del hombre” (Kollontai, 1976:2). No fue sino después de miles de años de desarrollo social, con el asentamiento de ciudades, el surgimiento de esclavos y una marcada división sexual del trabajo; que fue posible el intercambio de sexo por bienes o dinero. En  otras palabras, la prostitución surgió hasta que se consolidó el patriarcado como un sistema de subordinación de todas las mujeres, para que sus principales opciones de vida fueran el matrimonio (si tenían suerte) o la prostitución en la miseria.

La prostitución fue una práctica común en la mayoría de las culturas en la época antigua y medieval, en la medida en que todas ellas fueron patriarcales y vieron a la mujer como un objeto de reproducción y satisfacción sexual para los hombres, más que como un ser humano. En los inicios del capitalismo las mujeres migraban del campo a la ciudad para escapar de la tiranía del señor feudal y si no encontraban trabajo sólo les quedaba prostituirse para mantenerse a sí mismas y a sus hijos, pues los hombres solían morir en la sangría de las guerras constantes. Además se perseguía brutalmente a toda mujer madre fuera del matrimonio, con lo que su situación se agravaba. Las mujeres solas podían ser acusadas de prostitución, por eso aceptaban trabajos en condiciones infrahumanas ante la amenaza latente de ser criminalizadas. La prostitución siempre acompañó como una sombra al trabajo obrero y mal pagado de las mujeres, a menudo se consideró tan indigno ser “chica de taller” como prostituta, dado que convergieron en la miseria y necesidad.

En pocas palabras, la prostitución no es el oficio más antiguo, dado que la división sexual del trabajo y la división en clases sociales son las condiciones que generaron la prostitución, al concebir a la mujer como un objeto sexual o de explotación laboral y como consecuencia de la inseguridad y dependencia de la mujer hacia el hombre, en sociedades en que es mal visto que una mujer no busque casarse y tener hijos. El capitalismo llevó la prostitución hasta sus últimas consecuencias al convertirla en uno de los negocios más lucrativos y en una de las peores formas de esclavitud en la trata de mujeres.

  1. La prostitución no es un trabajo.

La prostitución es violencia. No es trabajo. Es violencia psíquica y física ejercida sobre cuerpos de niñas, adolescentes, jóvenes, maduras y viejas. Es una violación concreta y también simbólica, porque al mismo tiempo violan sus cuerpos y sus derechos. Entonces, ¿ser torturada es un trabajo? ¿Ser humillada es un trabajo? ¿Ser prostituida por el hambre es un trabajo? No: es un discurso que protege, justifica y fortalece al torturador, al humillador, al hambreador. Al prostituyente.

Sonia Sánchez

 

La discusión sobre si la prostitución es un trabajo es muy polémica, quienes están en favor de llamarlo “trabajo sexual” poseen los más variados intereses, desde sindicatos que sólo buscan cobrar cuotas, hasta activistas que pretenden la dignificación de las prostitutas y derechos laborales. En los hechos la política del trabajo sexual sólo ha servido como un eufemismo, es decir, para suavizar o banalizar una actividad que no puede ser dignificada en tanto utiliza el cuerpo como un objeto y no como parte integral de un ser humano. Si la intención es otorgarles seguro médico y condiciones mínimas de seguridad, eso no lo tienen la mayoría de los empleos en el mundo, ¿Qué nos hace pensar que se dignifica a la prostitución llamándole trabajo si la mayoría de los trabajos no son dignos?

La crítica no es solamente política, dado que económicamente tampoco podemos considerar a la prostitución un trabajo. Por definición un trabajo es una actividad en la que un esfuerzo humano genera riqueza. En el caso de la prostitución lo determinante no es el esfuerzo (que puede ser mucho o poco) sino el tipo cuerpo (en tanto objeto sexual) que se oferte, es decir, mientras las y los trabajadores venden su fuerza de trabajo, la prostituta (o prostituto) vende su cuerpo y su esfuerzo es secundario. Esto se refleja en el mercado sexual, donde se valora más la virginidad, el color de piel, el tipo de cabello, la juventud o las operaciones estéticas, que las habilidades sexuales o comunicativas.

Marx clasificó a las prostitutas junto a los vagabundos y los delincuentes comunes, dado que todos ellos realizan actividades que no pueden ser considerados trabajo, en la medida en que el esfuerzo es secundario al cuerpo (prostitución), trabajo ajeno (delincuencia común) y a la lástima social (vagabundos y limosneros).

La polémica surge al confundir la prostitución con la prostituta. Pues se busca dignificar a la prostituta mediante la mejora de la prostitución, siendo que económica y políticamente es un intento inútil. Por el contrario, dejemos de luchar por una actividad que denigra a las mujeres y a la sociedad entera que participa y promueve este tipo de prácticas. Comencemos por dignificar a las mujeres como personas con derecho a una vida digna, con independencia de la actividad que practiquen, continuemos criticando que la mayoría de los trabajos son tan indignos como la prostitución en la medida en que no brindan estabilidad laboral, trabajo para todos, seguridad social, jubilación, condiciones salubres, jornadas máximas de 8 horas, vacaciones pagadas, antigüedad, oportunidad de desarrollo y una infinidad de condiciones que sólo una minoría de la población disfruta. Terminemos por exigir derechos a la educación, vivienda, salud y alimentación para toda la población, de modo que la prostitución deje de ser necesaria.

  1. La prostitución no es una salida fácil

Así como nosotras afirmamos que ninguna mujer nace para puta, lo que estamos haciendo es responder a la premisa básica del patriarcado: toda mujer es una puta. La palabra puta, las condiciones de cosificación y la reducción a objetos nos envuelven a todas. La diferencia es que las “putas” lo saben mientras que las “no putas” simulan ignorarlo o lo niegan.

María Galindo

Se tiene el prejuicio de que las mujeres que se dedican a la prostitución lo hacen porque quieren conseguir dinero fácil sin trabajar, pero nada está más lejos de la realidad. Históricamente la prostitución ha sido una opción para las mujeres empobrecidas, madres solteras y marginadas por un sistema patriarcal que sólo las concibe como objetos de consumo sexual. Es decir, la mayoría de las prostitutas son mujeres pobres que no encuentran trabajo o que con los empleos de largas jornadas mal pagadas les resulta imposible mantener y cuidar a sus hijos.

Por otra parte, el comercio de trata de mujeres que secuestra, tortura, mata y esclaviza a millones de niñas, niños y mujeres en el mundo, es el negocio más lucrativo después de la fabricación de armas y el narcotráfico, por lo que lejos de criminalizar a las prostitutas como “mujeres de la vida fácil” debemos denunciar y combatir toda forma de trata de personas, dado que no podría ser un negocio tan grande si no conllevara la complicidad y la conducción de empresarios y gobernantes que promueven y sostienen al sistema capitalista de la forma más inhumana posible.

Por último, afirmar que optan por una vida fácil al no conseguir un trabajo, implica ignorar o negar que la prostitución es una de las actividades más riesgosas del mundo, dado que la criminalización de las prostitutas genera que al ser asesinadas o encarceladas nadie responda por ellas, que tengan un riesgo latente de contagio sexual y que se les señale como las principales portadoras de enfermedades sexuales como si los prostituyentes (quienes pagan por sexo) no fueran responsables. La marginación que sufren las prostitutas es aún mayor que la que puedan sufrir los pobres, los indígenas o las lesbianas, por lo que, siguiendo a Fourier, debemos afirmar que la situación de las mujeres (con las prostitutas al frente) es el indicador del nivel de progreso y civilización de una sociedad.

Por lo tanto, la prostitución no es una salida fácil, sino la más complicada y el sistema patriarcal ha orillado a las mujeres pobres a que ésta sea una salida, por lo que con esa vara debemos medir el grado de progreso y desarrollo de nuestra sociedad.

  1. La prostitución no sólo denigra a la prostituta

Es interesante recordar que cuando la palabra puta viene desde fuera, bajas la cabeza y vives la humillación, pero cuando yo quería sacarla de ahí y usarla para desencadenar un proceso de cuestionamiento interno, nuestro, era inaceptable.

María Galindo.

La prostitución constituye una humillación en tanto utiliza el cuerpo como un objeto, lo cosifica, en vez concebir a la prostituta como una persona integral con inteligencia, sentimientos, capacidades y proyectos de vida; pero la humillación no se reduce sólo a ella, ya que el prostituyente también se humilla a sí mismo por su incapacidad de ejercer la sexualidad sin pagar, es decir, su satisfacción sexo-afectiva depende de un acto de consumo sexual que reduce su sexualidad y la del otro a una copulación mercantilizada.

Desgraciadamente la sociedad criminaliza a las prostitutas y exime al prostituyente, esto se evidencia en la medida en que la mayoría de las legislaciones suelen penalizar más a la prostituta, incluso al considerarla un foco de infección, siendo que el contagio de cualquier enfermedad de transmisión sexual es corresponsabilidad de todo aquél que tenga relaciones sexuales. Asimismo, se margina más a una madre que se asume como prostituta que a un padre que se asume como prostituyente, privilegiando la posición masculina y criminalizando a las mujeres. Por el contrario, en Suecia (De Santis, 2014) se persigue al prostituyente, en tanto se asume que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres, pero esto es la excepción, producto de la lucha feminista en ese país.

Por otra parte, el o la proxeneta (quien obtiene beneficios económicos de la prostitución a costa de otra persona) es un parásito que trafica y lucra con la cosificación ajena, siendo él o ella quien promueve una imagen devaluada de la sexualidad y de las mujeres. Si alguien tiene que ser señalado, combatido y penalizado en particular, es el proxeneta y no la prostituta, dado que éste lucra y se aprovecha de la pobreza y falta de empleo digno, llegando a quedarse con la mayoría de las ganancias.

Por último, el Estado de la mayoría de los países suele ser el mayor de los proxenetas, dado que en vez de combatir de raíz las causas de la prostitución, como son la pobreza, el desempleo y la discriminación hacia las mujeres: intenta regular la prostitución creando zonas rojas que sólo sirven para segregar a las prostitutas, implementa campañas de salud que sólo humillan a las prostitutas en tanto que suelen colocarlas en hospitales para animales y sólo les brindan salud sexual como si no tuvieran un cuerpo completo, y le llaman trabajo sexual sólo para beneficio de sindicatos corruptos o para mantenerlas bajo la opresión de casas de citas y proxenetas.

En pocas palabras, la prostitución denigra a muchas más personas que sólo a las prostitutas, dado que evidencia las carencias sexo-afectivas del prostituyente, el parasitismo del proxeneta y el proxenetismo del Estado.

  1. La prostitución no debe ser abolida sin más

Es la posesión sobre las mujeres al punto de dividirlas en dos grandes universos: putas y no putas para usos distintos en territorios distintos. Ésa es una de las bases del patriarcado como sistema de dominación (…) Es así que la prostitución se convierte en la cara oculta de la relación varón-mujer en una determinada sociedad.

María Galindo

Una de las polémicas más fuertes entre las agrupaciones feministas es la de la abolición de la prostitución. Dado que por un lado desearíamos la erradicación total de dicha práctica, pero en los hechos es imposible mientras las prostitutas no tengan otra alternativa.

Es decir, es muy fácil desde la academia, las instituciones, la clase dominante o incluso desde el punto de vista de los hombres: optar por la abolición de la prostitución, como una forma de dignificar la situación de las mujeres en la sociedad, pero basta con asomarse a la cruda realidad para darse cuenta de que una abolición de tajo sólo provocaría mayor marginación, clandestinidad y criminalización de las prostitutas, dado que mientras no haya opciones de vida digna para las mujeres, la prostitución será una alternativa latente.

El ideal del trabajo digno no se logra aboliendo el trabajo de tajo, la misma ingenuidad existe en pretender abolir la prostitución sin más. Debemos distinguir entre quienes son completamente obligadas en la trata, obligadas por la necesidad económica (prostitutas pobres) y parcialmente obligadas por una sociedad de consumo (prostitutas con estatus), para ofrecer soluciones concretas que no dejen el problema en el limbo jurídico, sino que luchen por derechos humanos para todas las mujeres sin importar la actividad que realicen (trabajo remunerado, no remunerado o prostitución).

Primero tendríamos que abolir la pobreza, la discriminación y violencia hacia las mujeres, el desempleo, la explotación laboral, la cosificación de la mujer y la trata de personas, entre otras, es decir, cuestionar de raíz y superar al sistema capitalista-patriarcal, para poder abolir a la prostitución.

Para ello tenemos que desentrañar el papel que históricamente se le ha asignado a la mujer en el espacio público, dado que toda mujer que ejerce libremente su sexualidad, que no depende de un hombre para su satisfacción sexual, que sale sin la compañía de un hombre a la calle, que no desea casarse o tener hijos, que ríe vigorosamente, que usa su vocabulario libremente o que viste como más cómoda se sienta, entre otras: es criminalizada como puta. De modo que dicho adjetivo no se limita a quien intercambia sexo por dinero, sino a toda mujer que no se recluya al espacio privado del hogar y sea dueña de su propio cuerpo.

Por ende lo que debemos abolir es la reclusión de la mujer en el espacio privado del hogar y el favorecimiento del espacio público para los hombres, dado que resulta hipócrita o ingenuo pretender abolir la prostitución explícita cuando vivimos inmersos en un sistema capitalista-patriarcal que no ofrece opciones de vida digna para las mujeres y que criminaliza el uso que hagan del espacio público, pues lo que está de fondo es la subordinación sistemática de las mujeres, que simula una distinción entre putas y no-putas para confrontarlas en favor de los hombres, siendo que en el fondo ninguna mujer escapa a dicho calificativo, pues es utilizado como una forma de control social y de dominación patriarcal.

  1. La prostitución no es sólo sexo explícito

La mujer que hace de esposa también es un objeto, en este caso incorporado a la casa. De ahí las dos categorías de mujeres en el lenguaje popular “mujer de la calle” y “mujer de la casa”. Entre una y otra parece que no cabe “la mujer de sí misma”, libre de transitar y más allá de la condición de objeto.

Sonia Sánchez

Retomando la definición de prostitución como el acto de participar en actividades sexuales a cambio de dinero o bienes, dicho concepto no se reduce al sexo explícito, sino que puede extenderse a muchas actividades. En primera instancia la pornografía es una forma de prostitución, dado que aun cuando implica una actuación y un pago que no viene directamente del hombre con quien se copula: se mantiene la norma de intercambio de sexo por dinero.

Por la misma línea, el trabajo de modelaje y la edecanería se basan principalmente en el uso de la apariencia sexual más que en habilidades de actuación, por lo que es una forma sutil de prostitución. En todo caso, la mayoría de las mujeres que se dedican a la actuación, al baile o al canto en todo el mundo, son solicitadas fundamentalmente por su aspecto y no por su talento, de modo que la mayor parte de las mujeres en la industria del espectáculo sufren de prostitución, dado que lo fundamental no es lo que sepan hacer, sino la apariencia que tienen y lo que invierten en sus cuerpos para mantenerlos culturalmente atractivos.

La prostitución no sólo puede extenderse a la pornografía, al modelaje, a la edecanería, al baile, a la actuación y al canto, sino que se extiende a casi cualquier actividad humana, en razón de que gran parte de las empresas en el mundo juzgan la apariencia de las personas (principalmente mujeres) para la contratación de personal. Desde centros telefónicos que prefieren la voz femenina por ser más vendible (prostitución de la voz), empleadores que exigen coquetería o favores sexuales para mantener el puesto de trabajo, hasta uniformes intencionalmente provocativos como atrayentes de consumo.

En otras palabras, la mayor parte del mundo laboral busca capitalizar las características femeninas, respondiendo a un sistema patriarcal que concibe a la mujer principalmente como un objeto sexual prostituido y al hombre como un consumidor sexual, antes que seres humanos.

Sin embargo, la forma de prostitución más encubierta es el matrimonio, dado que en este caso la mujer es propiedad de un solo hombre y aun cuando en muchos casos los matrimonios disfrutan de cierta igualdad; a lo largo de la historia y aun en gran parte del mundo el matrimonio representa el sometimiento de la mujer a un solo hombre. Prueba de ello es que la infidelidad femenina se penaliza más que la masculina, que las niñas y adolescentes siguen siendo vendidas en matrimonios arreglados, y que la mayoría de los matrimonios en el mundo son arreglos económicos y políticos en los que la mujer (incluso su virginidad) es tan sólo una moneda de cambio o una víctima, dado que muchas de las violaciones y feminicidios son perpetrados por los novios o maridos más que por desconocidos.

En pocas palabras, la prostitución no es sólo sexo explícito dado que la mayoría de los empleos femeninos están mediados por la apariencia como mercancía y el matrimonio es históricamente una institución que ve a la mujer como un objeto sexual y reproductivo.

  1. La prostitución no existirá siempre.

Cuando hablo de ese regreso a casa me refiero a que debes parar para poder mirarte más allá de la máscara de puta, pensarte por fuera del fiolo, despertar esa sensibilidad que ha sido adormecida para comenzar un proceso largo y difícil que es el apropiarte de tu cuerpo, de tu palabra y de tu decidir. La casa, por tanto, eres tú misma.

Sonia Sánchez

Es imposible erradicar la prostitución dejando intacto el contexto machista y clasista que lo genera, por ende la superación de la prostitución implica la superación del sistema capitalista-patriarcal que concibe a la mujer como una mercancía sexual. Es decir, la prostitución podrá ser extinguida cuando la mujer sea reconocida como sujeto autónomo en el espacio público, tenga la posibilidad de disfrutar una autosuficiencia económica que no esté mediada por su sexualidad y sea reconocida como sujeto sexual (y no como objeto sexual), es decir, sea dueña de su propio cuerpo (en vez de ser mercancía vendida o rentada al esposo, prostituyente, patrón, proxeneta o padre, entre otros).

En consecuencia, la erradicación de la prostitución requiere de la superación del capitalismo y del patriarcado, lo cual implica la articulación de la lucha socialista y feminista en la búsqueda de una vida digna para toda la población. La prostitución no existirá siempre, pero su superación requiere de la construcción colectiva de una sociedad en donde no haya subordinación de clase ni de género, las mujeres tengan poder sobre ellas mismas, y cada cual trabaje según sus capacidades y reciba según sus necesidades.

Referencias

ANRed-Sur (2014) La prostitución no es un trabajo, es una forma de violencia contra las mujeres En: http://www.tnrelaciones.com/cm/preguntas_y_respuestas/content/182/929/es/la-prostituci%F3n-no-es-un-trabajo-es-una-forma-de-violencia-contra-las-mujeres.html Consultado el 1 de abril de 2015

De Santis, Marie (2014) La solución sueca para la prostitución: ¿Por qué nadie intentó esto antes?En: http://nuriavarela.com/la-solucion-sueca-para-la-prostitucion-por-que-nadie-intento-esto-antes/Consultado el 30 de marzo de 2015

Federici, Silvia. (2004) Calibán y la bruja. En: http://bibliotecalibre.org/bitstream/001/299/4/978-84-96453-51-7.pdf Consultado el 13 de noviembre de 2014.

Galindo, María y Sonia Sánchez (2007). Ninguna mujer nace para puta. En: http://lhblog.nuevaradio.org/b2-img/Ninguna.mujer.nace.para.puta.pdf Consultado el 13 de noviembre de 2014.

Gimeno, Beatriz (2014) La prostitución tiene que ver con la igualdad, no con el sexo. En:

http://beatrizgimeno.es/2014/03/07/la-prostitucion-tiene-que-ver-con-la-iguldad-no-con-el-sexo/ Consultado el 13 de noviembre de 2014.

Kollontai, Alexandra (1976) La mujer en el desarrollo social. En: http://creandopueblo.files.wordpress.com/2011/09/kollontai-alexandra-la-mujer-en-el-desarrollo-social.pdf Consultado el 13 de noviembre de 2014

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POR QUÉ DEFENDER LOS DERECHOS HUMANOS

POR QUÉ DEFENDER LOS DERECHOS HUMANOS

MAURICIO DIMEO

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INTRODUCCIÓN

 

En este ensayo se examinará la pertinencia de la defensa de los Derechos Humanos. Para ello se analizarán las principales posturas al respecto, mediante un breve recuento histórico.

 

  1. Antecedentes, la comunidad primitiva.

 

En la historia de la humanidad no siempre existió el Estado con sus leyes, ya que el modo como se ganaban la vida las comunidades prehistóricas no requería mayores códigos que los que se acordaban sobre la marcha y se seguían por costumbre. Esto no ocurría porque los humanos fuéramos “buenos por naturaleza”, sino por la razón histórica de que los recursos conseguidos en la caza y la recolección no alcanzaban para generar un excedente, sino tan sólo para sobrevivir. De modo que no había posibilidad material para que un grupo de personas viviera del trabajo de otras, ni como amo, legislador, propietario o gobernante, entre otros.

 

Sin embargo, lejos de ser una comunidad violenta de una lucha de todos contra todos, la comunidad primitiva era sumamente pacífica, dado que al no haber excedente, no había nada que robarle al otro, no había forma de que un pueblo sometiera a otro, ni de que alguien se apropiara de un pedazo de tierra y sometiera a otros a trabajarla.

 

Es decir, el Estado con sus leyes no fueron necesarios cuando no había un excedente del cual apropiarse, ni un pueblo que pudiera ser sometido, ni una propiedad privada para cercar. Las comunidades primitivas vivieron pacíficamente durante decenas de miles de años, dado que estaban demasiado ocupados por sobrevivir escapando de depredadores, el clima y el hambre, por lo que el Estado con sus leyes aún no era históricamente necesario.

 

  1. Fundamento divino, el derecho de los reyes

 

Con el desarrollo de la agricultura, la ganadería y el asentamiento de ciudades, se generó un excedente de recursos que hizo posible el acaparamiento de la riqueza de unos cuantos que conformaron la clase dominante, así como el sometimiento de la población al trabajo esclavo para el surgimiento de una clase dominada. Para justificar este dominio, la clase dominante [o en el poder] tuvo la necesidad de crear un aparato político que sometiera a la población: así surgió el Estado esclavista.

 

Además, para convencer al pueblo de que ése debía ser el modo de organización social, se apeló a que Dios o los dioses asignaban a un rey para que fuera el portador de la palabra divina, con lo que se estableció el derecho divino, asentado gráficamente gracias al surgimiento de la escritura y defendido rapazmente por las armas, dado que una de las características del Estado es el dominio y legitimidad de la violencia para establecer el orden.

 

Es decir, el Estado no surgió porque hubiera una situación de guerra de todos contra todos, ni porque personas aisladas decidieran unirse para formar una sociedad (dado que las guerras no eran la norma en las comunidades primitivas y los individuos siempre han nacido en sociedad).

 

Por el contrario, el Estado y sus leyes adquirieron necesidad histórica cuando el desarrollo económico hizo posible la generación de un excedente de riqueza que pudiera ser acaparado por una clase dominante y ésta requiriera de una justificación divina, un código de leyes escritas y el uso legal de la violencia para sostenerse.

 

  1. Fundamento racional, el derecho natural

 

En el feudalismo el derecho divino consolidó una sociedad rigurosamente jerarquizada en función del poder territorial, donde la economía residía en el sometimiento de siervos, en el cobro de aduanas y el atesoramiento desmedido. Sin embargo, el desarrollo económico a finales de la Edad Media generó el surgimiento de una clase social que no podía soportar tales limitantes, ya que el surgimiento de la manufactura impulsó el intercambio comercial, mismo que requería un derecho con pretensiones universales. De este modo, la visión naturalista del derecho, que fue esbozada desde la antigüedad, cobró necesidad histórica cuando emergió la clase capitalista, la cual necesitaba aniquilar el derecho monárquico justificado por la divinidad, para fundamentar un derecho basado en la supuesta naturaleza humana universal, que impulsara las relaciones de libre comercio y así instaurara el capitalismo como sistema social.

 

La posición naturalista del derecho permitió una visión racional (y no teologal) de las leyes, apelando a que todo ser humano, por el hecho de nacer, tiene derechos, lo cual representó un avance con respecto al derecho divino porque sostenía derechos para todos los seres humanos y no sólo para los reyes. Sin embargo, su deficiencia radica en que “el derecho natural carece de cimientos dado que en la naturaleza impera la necesidad y no el deber, por tanto es un contrasentido hablar de derechos naturales”. (Arévalo, 2001:77) Es decir, apelar a la naturaleza humana implica ignorar o negar que somos fundamentalmente seres históricos y, por ello, creer que basta con nacer para tener derechos, sin que se tenga que luchar por ellos.

 

En otras palabras, el iusnaturalismo respondió a la necesidad de la burguesía en ascenso que requería un sustento racional y una pretensión universal de derechos como la libertad y la igualdad para establecer y legitimar el Estado capitalista y esto le permitiera consolidarse como la clase dominante. La transición del feudalismo al capitalismo tuvo como baluarte político a la Revolución francesa, la cual aplicó la visión iusnaturalista en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que fue la primera declaración en fundamentar la idea de los Derechos Humanos.

 

Sin embargo, dicha declaración sólo incluía a los ciudadanos, es decir, a los que poseían propiedades, de modo que excluía a la mayoría desposeída y a las mujeres, vituperando libertad e igualdad universales cuando en los hechos era libertad de comercio para la burguesía e igualdad ante la ley para los propietarios, con base en una visión individualista.

 

  1. Fundamento formal, el derecho positivo

 

La consolidación del sistema capitalista en el mundo trajo consigo la necesidad de una visión del derecho que partiera de la creación de leyes rigurosamente formuladas para defender la propiedad privada y el libre comercio, es decir, un Estado que viera por los intereses de la clase burguesa. Es así como se consolida la visión iuspositivista, la cual consiste en asumir que los derechos no existen desde que nacemos, sino en tanto que haya una legislación que los establezca en un contrato social. De este modo, se estructuraron las constituciones políticas de los países capitalistas con un discurso de inclusión democrática, que en los hechos obedece a los intereses de la clase dominante.

 

Para legitimarse, los Estados capitalistas plantean leyes con pretensiones universales que incluyen como pilar los Derechos Humanos (como la Declaración Universal de los Derechos Humanos), pero no lo hacen porque el Estado ahora sea más bondadoso, sino porque tiene un menor costo político mostrarse como defensor de los intereses de todos los ciudadanos (aunque en los hechos les den la espalda) que decir abiertamente que sus intereses son los de la clase dominante.

 

En otras palabras, los Estados nunca han surgido como el resultado de un acuerdo entre los seres humanos, sino que históricamente han sido el organismo de dominio de la clase en el poder. En el caso del derecho positivo, al Estado le basta con establecer en la forma de leyes que los derechos son para toda la población y así mantener una buena imagen pública, aunque en realidad obedezca a sus propios intereses. La principal deficiencia de la visión iuspositivista reside en que si lo primordial fuera que los Estados reconozcan los Derechos Humanos para su defensa, “dejaría estas normas, cuya finalidad es evitar las arbitrariedades del poder estatal, completamente a merced de tales arbitrariedades” (Arévalo, 2001:77). Es decir, si bien las leyes representan un avance cualitativo en el reconocimiento de los Derechos Humanos, éste no puede ser el objetivo, dado que existen leyes que no se cumplen y derechos que se defienden aun sin estar en las leyes.

 

Sin embargo, incluso cuando el Estado capitalista mantenga la política de responder a los intereses de la clase dominante, el hecho de que se vea obligado a incluir los Derechos Humanos pretendiendo que sus intereses individualistas (de libre comercio y propiedad) son los intereses de toda la humanidad, abre la puerta para que las clases dominadas exijan sus derechos utilizando las reglas de un Estado que no responde a sus intereses.

 

  1. Fundamento colectivo, el derecho histórico

 

Las revoluciones burguesas utilizaron al pueblo como carne de cañón para instaurar el Estado capitalista, manejando un discurso universal que en el fondo respondía a los intereses individualistas de los dueños de los medios de producción. Sin embargo, el gran desarrollo económico que supuso el avance capitalista concentró a los desposeídos en grandes fábricas de trabajadores explotados, lo que sentó las bases para que tomaran consciencia de clase y organizaran varias revoluciones, entre ellas la Revolución rusa, que tuvo como uno de sus logros la Declaración del Pueblo trabajador y Explotado (como preámbulo de la constitución soviética en 1918).

 

Asimismo, el proceso de descolonización que en África, Asia y América libraron pueblos en su lucha por la independencia, y el derecho a decidir por sí mismos qué tipo de Estado y leyes sostener, dieron como resultado la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos (Declaración de Argel en 1976).  Ambas declaraciones transformaron la visión de los Derechos Humanos de una perspectiva individualista a una colectiva, dado que no se restringieron al derecho al voto, a la propiedad privada y al libre comercio (derechos de primera generación), sino que sentaron las bases para los derechos económicos, sociales y culturales (derechos de segunda generación), así como el derecho a la autodeterminación de los pueblos (derechos de tercera generación).

 

Esto representa un avance fundamental en la historia de la humanidad, dado que los derechos individualistas de libertad y propiedad sólo podían ser disfrutados por la clase dominante, de modo que adquirían un aspecto puramente formal para el resto de la población. Por el contrario, los derechos del pueblo trabajador parten del hecho de que la riqueza es generada por los trabajadores, de modo que tienen el derecho de disfrutar colectivamente de la riqueza que producen.

 

La idea de que “mi libertad empieza cuando termina la libertad del otro” es una noción de libertad individualista que ignora que todo cuanto hacemos influye de una u otra forma en los demás. En contraste, la autodeterminación de los pueblos implica una búsqueda de libertad social, que requiere la organización colectiva en la lucha por una vida digna para todos. Del mismo modo, el derecho a la propiedad privada de los medios de producción es un ideal excluyente en tanto que sólo  una minoría de la población disfruta de tal derecho. En contraste, el derecho a la propiedad colectiva implica la participación activa de los trabajadores en la producción de la riqueza y en el disfrute de la misma.

 

En consecuencia, la visión iushistórica considera que “los derechos humanos son producto histórico de acontecimientos sociales concretos, producto de la lucha de los grupos sociales” (Arévalo, 2011:77). Es decir, no basta con que nazcamos como seres humanos para disfrutar de derechos como cree el iusnaturalismo, tampoco basta con que existan leyes para que tengamos derechos como considera el iuspositivismo, sino que debemos luchar colectivamente por nuestros derechos para ganarlos y mantenerlos, como considera el iushistoricismo; de ahí la importancia de defender los Derechos Humanos.

 

 

 

 

 

 

 

CONCLUSIONES

 

El derecho surgió como una herramienta de dominio de las clases en el poder y los Derechos Humanos surgieron como una pretensión de universalidad de la clase burguesa. Sin embargo, es la historia de los pueblos y de los trabajadores en sus luchas por una vida digna lo que ha logrado la realización de los Derechos Humanos.

 

En consecuencia, la pertinencia de ser defensoras y defensores de Derechos Humanos reside en utilizar las herramientas del Estado para favorecer y acompañar las luchas de los pueblos y trabajadores en su búsqueda por una vida digna. Como los Derechos Humanos surgieron con las revoluciones burguesas, se tiene el prejuicio que defenderlos es caer en la trampa del Estado capitalista, pero eso sería ignorar que aquéllos no sólo son los derechos individualistas de libertad, propiedad y libre comercio, dado que los derechos del pueblo trabajador y los derechos de los pueblos superan por mucho dicha visión y sientan las bases para la emancipación social.

 

La posición iushistórica desenmascara al Estado, mostrando que los derechos que brinda no son producto de acuerdos entre ciudadanos o de la promulgación de leyes, sino que los derechos son arrancados y mantenidos como resultado de la lucha y la protesta social. Y que la única forma de que el Estado responda a los intereses de la clase oprimida, reside en que los trabajadores tomen el poder e instauren un Estado proletario, que gradualmente supere la lucha de clases y se extinga cuando haya concluido su papel histórico al no haber ninguna clase dominante a la cual representar. Sin embargo, la revolución social no está a la vuelta de la esquina, por lo que tenemos que utilizar la herramienta de los Derechos Humanos como producto del Estado burgués, contra tal Estado y en favor de las luchas sociales, de modo que acompañemos y fortalezcamos tales luchas en sus procesos de empoderamiento y concientización, mostrando que sus luchas no son atentados contra la paz pública o contra el supuesto Estado de derecho, sino el derecho a defender los Derechos Humanos.

 

 

REFERENCIAS

 

Arévalo Álvarez, Luis Ernesto (2001), El concepto jurídico y la génesis de los derechos humanos. México, Universidad Iberoamericana.

 

Marx, Karl (1843), La cuestión judía. En: http://www.archivochile.com/Marxismo/Marx%20y%20Engels/kmarx0035.pdf Consultado el 26 de octubre de 2014.

 

Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OACDH) (2013). “Sobre los defensores de derechos humanos”. http://www.ohchr.org/SP/Issues/SRHRDefenders/Pages/Defender.aspx Consultado el 30 de diciembre de 2013.

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Sororidad y consciencia de clase

SORORIDAD Y CONSCIENCIA DE CLASE

MAURICIO DIMEO

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INTRODUCCIÓN

 

Este ensayo es producto de mi experiencia en el activismo socialista y feminista, no pretende decirles a feministas y socialistas lo que deben ser o hacer, sino que busca desmitificar prejuicios y clarificar algunos de los problemas a los que nos enfrentamos en la lucha cotidiana.

 

Particularmente busca relacionar la práctica política con el grado de consciencia de las organizaciones socialistas y feministas, así como su situación y posición en cada contexto.

 

1. Consciencia de clase.

 

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

Karl Marx

 

Marx señaló a los obreros como el sujeto histórico encargado de tomar el poder y de superar la división clasista de la sociedad. No lo argumentó tan sólo por ser asalariados, por ser desposeídos de medios de producción o por ser pobres, su análisis lo llevó a concluir que los obreros conforman la clase encargada de instaurar el socialismo justo porque tienen en sus manos la producción material que hace posible el funcionamiento económico de la sociedad. Por tener en sus manos la producción y luego no poder disfrutar plenamente de la misma, es por lo que (siguiendo a Lukács, 1950) los obreros pueden tomar consciencia del papel que juegan en la lucha de clases. Por el contrario, los siervos en el feudalismo no podían adquirir tal consciencia puesto que disfrutaban de gran parte de lo que producían, aun cuando sus condiciones fueran miserables.

 

En la época de Marx, la diferencia entre proletarios y burgueses era sumamente evidente, dado que la polaridad económica mostraba a una gran masa de obreros y unos cuantos burgueses y terratenientes al mando de la producción. Aun así, Marx (1976) ya empezaba a vislumbrar una serie de estratos intermedios que sin generar plusvalía no eran dueños de los medios de producción: servidores públicos (desde el presidente hasta el barrendero), comerciantes (que al intercambiar mercancías no producen) y empleados en general (que generan servicios). Marx expone un ejemplo en donde una empleada de limpieza es contratada por el patrón de su hermano obrero, justo porque con la plusvalía de éste alcanza para pagar el servicio reproductivo de aquélla.

 

Estos estratos medios, que suelen ser llamados “pequeña burguesía”, pueden alcanzar cierta consciencia de clase obrera por su posición política, pero no por su situación económica, dado que no participan en la producción industrial, de modo que su consciencia de clase será parcial, en caso de que la adquieran.

 

En otras palabras, sólo obreras y obreros, en la medida en que generan la producción material sin disfrutar de la misma, tienen la posibilidad de generar consciencia de clase para tomar el poder e instaurar el socialismo, pero resulta que con el desarrollo del capitalismo, cada vez se requiere menos mano de obrar y se producen más y mejores mercancías, de modo que los obreros y obreras a nivel mundial pasaron de ser la mayoría a ser una minoría, comparados con la cantidad de empleados que no se dedican directamente a la producción, pero que son posibles gracias a la enorme plusvalía generada previamente por los obreros.

Es decir, gracias al avance de la tecnología, se pueden producir alimentos, edificios, transportes y mercancías en general a bajo costo y con pocos obreros, esto permite que se genere una gran riqueza, misma que los empresarios se distribuyen en el comercio (Marx, 1984:515), los servicios y la especulación financiera, en donde se requiere de una gran cantidad de empleados que sin generar riqueza material reciben las migajas de la plusvalía generada en la producción industrial.

 

En consecuencia, la mayor parte de la población, en la medida en que no tiene en sus manos la producción (por no ser obrera), no tiene la posibilidad de adquirir consciencia de clase en sentido estricto. Puede darse cuenta de que es pobre, de que percibe un salario injusto, de que no es dueña de los medios de producción, de que es oprimida o subordinada, pero como no produce directamente nada (sino que brinda un servicio o hace una venta) no puede tomar consciencia plena de que la riqueza del capitalismo reside en la enorme extracción de plusvalía que se ejerce sobre los obreros en la producción industrial de mercancías.

 

En relación a la consciencia de clase, los propietarios (que toman la forma de burgueses en el capitalismo) están históricamente imposibilitados para adquirir consciencia de clase obrera, dado que como planteaba Marx, el modo en que se ganan la vida determina su consciencia; la gran masa de personas que no son burguesas, pero que tampoco son obreras, pueden adquirir una consciencia de clase parcial, dado que no tienen en sus manos el núcleo de la producción material. Por el contrario, sólo las y los obreros pueden adquirir consciencia de clase plenamente, dado que en sus manos está el poder de parar la producción mundial de mercancías.

 

En pocas palabras,la mayor parte de las y los trabajadores en la actualidad no pueden adquirir consciencia de clase en sentido pleno, dado que no participan en la producción industrial, aunque esto no les impide apoyar la lucha obrera y buscar mecanismos que nos acerquen a la superación de las injusticias producidas por el sistema clasista, en su versión capitalista.

 

2. Falsa consciencia

 

En la búsqueda de lo otro, una y otra vez fracasamos. A quien encontrábamos o nos quería dirigir o quería que lo dirigiéramos. Había quienes se acercaban y lo hacían con el afán de usarnos, o para mirar hacia atrás, sea con la nostalgia antropológica, sea con la nostalgia militante. Así para unos éramos comunistas, para otros trotskistas, para otros anarquistas, para otros maoístas, para otros milenaristas, y ahí les dejo varios “istas” para que pongan lo que sea de su conocimiento.

Subcomandante insurgente Galeano

 

Desde los tiempos de Marx existían organizaciones revolucionarias que buscaban forjar un futuro comunista, donde cada cual trabaje según sus capacidades y reciba según sus necesidades. Sin embargo, algunas organizaciones socialistas han caído en una serie de vicios y deficiencias que han retardado los procesos de lucha por la emancipación social.

Algunas organizaciones socialistas se han recluido en la academia, si bien es importante dar la lucha ideológica dentro de los centros de estudio, también resulta muy cómodo desde las aulas pregonar el marxismo sin comprometerse a una lucha real, así como resulta muy cómodo para muchos estudiantes que no ponen en juego su sustento cuando deciden hacer activismo, pero gran parte de ellos abandonan la lucha cuando ingresan al mercado laboral, dejando la lucha social como un bello recuerdo de su época universitaria, o peor cuando su lucha se petrifica en la academia y terminan siendo los eternos estudiantes con un activismo marginal.

 

Otro de los vicios de algunas organizaciones socialistas es el dogmatismo, dado que el método dialéctico es sumamente complejo y requiere de una interiorización muy profunda en nuestra consciencia. El dogmatismo más evidente es el que pone a Marx como un profeta y a sus textos como sagrados, petrificando y anulando su función política, pero hay grados más sutiles de dogmatismo. Ningún grupo socialista admitiría ser dogmático, pero cuando no son capaces de comprender el método terminan por caricaturizar al socialismo dentro de alguna de las muchas interpretaciones personificadas en luchadores históricos, tales como Trotsky, Lenin, Stalin, Che Guevara o Mao. Dado que el simple hecho de adoptar un ismo basado en una persona, ya implica dogmatismo. En consecuencia, sus prácticas y su lenguaje están anclados en las revoluciones del siglo XX y esto les impide analizar la realidad actual con todo el potencial que brinda el socialismo, de modo que sus diagnósticos no salen de una postura panfletaria, que a su vez se reduce a la lucha sindicalista o fuerzan la categoría de obrero para incluir docentes, estudiantes, comerciantes o empleados en general. Esto implica a su vez el sectarismo, debido a que su dogma los hace creerse los dueños de la verdad y que sólo su interpretación es fiel a Marx, lo que genera que se aíslen de todo movimiento que no piense igual que ellos y que continuamente haya divisiones en sus organizaciones hasta llegar a lo absurdo, lo cual propicia que se marginen de los movimientos sociales.

 

En la práctica, el dogmatismo y el sectarismo derivan en oportunismo, donde las organizaciones socialistas, al estar aisladas del movimiento social, buscan a toda costa ser protagonistas de lo que no han sabido construir, de modo que cualquier lucha espontánea del pueblo la toman como una oportunidad de colgarse de tal efervescencia para protagonizarlo bajo su dogma, incluso para acaparar los reflectores de los medios de comunicación, pero lo que provocan es romper procesos de lucha social, que debían seguir su propio camino de emancipación siendo orientados mas no forzados bajo la lógica del oportunismo, que concibe a las masas como entes pasivos que requieren una dirección paternalista y no como actores de su propia historia, de ahí la falsa conclusión de que la crisis política de la izquierda se reduce a la crisis de dirección. Dado que al no comprender que cada movimiento lleva su propio proceso, terminan cayendo en el voluntarismo político, que consiste en creer que con la sola voluntad se puede ganar una lucha política y que toda conquista parcial es una derrota porque no se quiso seguir el dogma de alguna organización, ignorando que muchas veces las condiciones históricas y no la voluntad son las que determinan hasta qué grado puede avanzar el movimiento social.

 

Por otra parte, la falta de militantes en algunas organizaciones las han llevado a una política de cooptación, dado que si bien es necesario que las organizaciones crezcan, eso debe ser resultado de su práctica y de su incidencia en la lucha, y no a la inversa, donde su lucha y su práctica se subordinan a la necesidad de cooptación. De modo que terminan abanderando posiciones con las que en el fondo no concuerdan como el zapatismo o el feminismo, sólo como artimañas para ganar militantes, lo que muestra una gran falta de principios.

 

Una explicación de todos estos vicios consiste en que aun formando organizaciones que pregonan en favor de la colectividad, algunas no han superado su individualismo, incluso han generado una especie de individualismo colectivo, que consiste en concebir a una organización social como la proyección de su propia individualidad, de modo que su práctica se reduce a buscar el beneficio, el reconocimiento, los reflectores, el desarrollo y el triunfo para su organización y no para la lucha en general, producto de que lo único que han hecho es trasladar su individualismo a la colectividad, cuando de lo que se trata, para romper con la ideología clasista, es de que cada individuo pueda integrar el sentido de colectividad a su personalidad, tal como planteaba Makarenko (1977).

 

Otra explicación ante estos vicios consiste en algo tan simple como retomar la definición básica de comunismo: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual” (Marx y Engels, 2001). Es decir, el gran error de algunas organizaciones socialistas es querer implantar su ideal a los movimientos sociales como los que se componen de zapatistas, mujeres, profesores, obreros y muchos otros, cuando de lo que se trata es de acompañar procesos que contribuyan al movimiento real que anule y supere al sistema capitalista.

 

En pocas palabras, muchas organizaciones socialistas, lejos de tener una profunda consciencia de clase, caen en una falsa consciencia, producto del dogmatismo, el sectarismo, el protagonismo, el oportunismo, el individualismo colectivo y el voluntarismo político, dado que lo que debe hablar no es lo que pensamos de nosotros mismos, sino nuestra práctica y nuestra contribución a la lucha social.

 

3. Sororidad.

 

La alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos de la opresión,  y por crear espacios en que las mujeres puedan desplegar nuevas posibilidades de vida

Marcela Lagarde

 

El feminismo es una postura que busca la emancipación de las mujeres ante un sistema patriarcal que las domina y subordina. Dicho sistema es tan opresivo que impone a los hombres una masculinidad excluyente que les exige ser proveedores infalibles en todos los sentidos. Sin embargo, el grado en que los hombres sufren en razón del patriarcado es cualitativamente inferior a lo que viven las mujeres. Ser hombre implica que jamás se ha sufrido ni se sufrirá la subordinación sistemática del patriarcado, lo cual se percibe todos los días, cada vez que un hombre puede salir a la calle sin riesgo de ser acosado, cada vez que al hablar es socialmente escuchado, cada vez que las y los meseros se dirigen tendenciosamente a él para ordenar o pagar la comida, cada vez que la violencia machista trafica, viola y mata mujeres en muchas partes del mundo, es decir, los hombres disfrutan de una serie de privilegios que históricamente los sitúan por encima de las mujeres.

 

En ese sentido, así como vimos que los trabajadores que no son obreros no les es posible adquirir consciencia de clase plenamente, tampoco los hombres pueden asumirse plenamente feministas, dado que disfrutan de una serie de privilegios estructurales que aun cuando luchen contra ellos y se solidaricen con las mujeres: están históricamente determinados a fungir el papel de dominio masculino.

 

En consecuencia, así como la emancipación del proletariado tiene que ser obra de las y los obreros mismos (y no de los marxistas oportunistas que se cuelgan de los movimientos), así también la emancipación de las mujeres debe ser obra de ellas mismas. Por lo que requieren adquirir una consciencia feminista que les permita comprender que el machismo no es producto de hombres en particular, sino de un proceso histórico patriarcal que sistemáticamente las ha subordinado y recluido al espacio privado del hogar.

 

Si la emancipación de las mujeres debe ser obra de ellas mismas, no basta con que adquieran consciencia de su subordinación, sino que tiene que solidarizarse y construir organizaciones por ellas mismas, en las que no dependan de los hombres para su desarrollo, es ahí donde interviene el concepto de sororidad, el cual consiste en forjar relaciones de solidaridad entre mujeres, que sin negar la lucha de clases les permita romper con la lógica patriarcal que las pone a competir vorazmente por los hombres y que las orilla a usar sus atributos sexuales como armas, siendo que esto no es otra cosa que jalar de sus cadenas.

 

En otras palabras, tenemos que forjar organizaciones sociales en las que hombres y mujeres luchemos contra el sistema clasista-patriarcal, pero que brinden espacios donde las mujeres puedan organizarse, empoderarse y forjar relaciones sororarias, al mismo tiempo que los hombres cuestionemos nuestra situación privilegiada.

 

Es decir, los hombres no pueden ser plenamente feministas ni ser sororarios, pero sí pueden cuestionar su situación privilegiada y apoyar el empoderamiento y la sororidad forjadas por las propias mujeres.

 

4. Falsa sororidad.

 

Y muchas feministas ¿viste?, tienen la mujer que les limpia, que les lava el piso, que les lava las bombachas. Con ese feminismo no voy. La lucha  de  las  mujeres  es  otra  cosa  para  mí.

Hebe de Bonafini, madre de Plaza de Mayo.

 

En teoría el feminismo es una herramienta de emancipación, pero en la práctica existe una serie de vicios que deben ser superados, si pretendemos combatir al patriarcado.

 

Uno de esos vicios es el academicismo, que consiste en que algunas feministas se limitan a los espacios universitarios, donde si bien hay que dar una lucha férrea contra las posturas y prácticas misóginas, muchas veces la lucha se queda en la clase, en la conferencia, en el libro, en el artículo y no tiene la capacidad de incidir socialmente.

 

Otro vicio consiste en el protagonismo, donde algunas organizaciones feministas buscan los reflectores más que el trabajo de base y utilizan el descontento ante injusticias tan lamentables como el feminicidio para darse a conocer oportunistamente. Del mismo modo, el feminismo es un movimiento históricamente urbano, que muchas veces no ha sido capaz de entender la lógica de convivencia de las comunidades rurales, de modo que suelen ir a imponer una visión que en vez de generar cohesión, rompe el tejido social al confrontar a hombres y mujeres que aun cuando reproducen prácticas patriarcales, requieren llevar procesos de sensibilización y consciencia acordes a su contexto, y no impuestos desde las feministas académicas urbanas.

 

Existe una infinidad de ejemplos de cómo algunas organizaciones feministas están tan viciadas que se cobijan bajo el gobierno en turno y lo legitiman, organizan congresos en hoteles de cinco estrellas y están tajantemente desvinculadas del movimiento social. No por nada las mujeres zapatistas han forjado relaciones sociales igualitarias por su propia lucha y no gracias al feminismo, así como la enorme lucha de las madres de Plaza de mayo en Argentina, que incluso dicen no ser feministas, dada la incapacidad de algunas feministas de acompañar los procesos de empoderamiento de las mujeres y que pretenden montarse desde la arrogancia de la academia.

 

Otro gran vicio de algunas organizaciones feministas es que compiten entre ellas en vez de apoyarse, de modo que el ambiente feminista termina siendo una guerra sin cuartel por puestos públicos, presupuestos y reflectores, donde lo que menos importa es el trabajo de base. En algunos casos, existen hombres farsantes que utilizan la bandera del feminismo para sacar provecho sexual, abusando de que muchas mujeres se acercan a las organizaciones porque están desorientadas y confían en la buena voluntad de sus integrantes. Peor aún, existen mujeres feministas que solapan las prácticas patriarcales de los feministas farsantes, porque no han sido capaces de enfrentar a los hombres en esos espacios, ni de construir relaciones sororarias.

 

Por otra parte, es importante la lucha de las mujeres lesbianas por su reconocimiento, dado que suelen ser doblemente violentadas y discriminadas por salirse del esquema heteropatriarcal, y el movimiento lésbico es mucho más que una reivindicación sexual, dado que no se restringe a la orientación sexual, sino que es una posición política que rompe con el esquema de que sólo se puede ser mujer al lado de un hombre. Sin embargo, algunas organizaciones feministas urbanas bajo cierto estatus económico deciden irse al extremo de “lesbianizarse”, es decir, de asumir que para destruir al patriarcado tienen que marginarse de los hombres en todos los ámbitos para lograr su autonomía. El error en que caen surge de su desconocimiento de que el patriarcado tiene una base económica y que la condición para la emancipación de las mujeres no reside sólo en la sexualidad, sino en su participación en la producción y en su reconocimiento en el espacio público. La lesbianización es en realidad un privilegio de mujeres urbanas con estatus económico, que incluso provoca sectarismo y que sería imposible en comunidades rurales o en mujeres depauperadas que requieren luchar junto con los hombres por condiciones de vida dignas para sus familias, pues de otro modo romperían su endeble tejido social.

 

Otro vicio consiste en el paternalismo, el cual paradójicamente es común entre las feministas académicas de edad avanzada, que desde su puesto de poder creen tener la razón por encima de las feministas jóvenes, al grado de tener que orientarlas para que no se desvíen del “verdadero” feminismo. Por otra parte, dicho paternalismo también aplica a las organizaciones feministas que no están dispuestas a aprender de las luchas de las mujeres fuera de la academia y que pretender imponer sus teorías fuera de contexto y sin respetar los procesos de cada comunidad.

 

En conclusión, falta mucha sororidad en algunas organizaciones feministas, pues se ha llenado de vicios insalvables que en vez de propiciar consciencia, se aíslan de los movimientos de mujeres o rompen los procesos de empoderamiento y reproducen las prácticas patriarcales bajo una máscara amigable.

 

5. Derechos humanos como herramienta.

 

Resulta complicado que adquiramos plena consciencia del sistema clasista-patriarcal que mantiene en la miseria y exclusión a la mayor parte de la población, en razón de que sólo una minoría de los trabajadores (los que tienen la producción industrial en sus manos) puede adquirir plena consciencia de clase, y la situación privilegiada de los hombres les impide sentir en carne viva la violencia machista contra las mujeres, de modo que están históricamente impedidos para asumirse plenamente feministas o ser sororarios.

 

Por otra parte, aun cuando nos esforcemos por adquirir la mayor consciencia de clase posible sin ser obreros y la mayor sororidad sin ser mujeres, según el caso; muchas organizaciones feministas y socialistas sufren de una serie de vicios como el dogmatismo, el sectarismo, el paternalismo, el voluntarismo y el oportunismo, que complican tal esfuerzo.

 

En consecuencia, gran parte de tales organizaciones suele subestimar a los derechos humanos porque considera que son una simulación de los Estados para fingir que brindan una vida digna para sus ciudadanos. Pero suelen desconocer o subestimar que los derechos humanos han sido producto de la lucha de los pueblos en su búsqueda por una vida digna y que pueden ser usados como una herramienta entre muchas otras, para poner las reglas del Estado en su contra y favorecer la emancipación de trabajadores, mujeres y comunidades, entre otros.

 

En otras palabras, “Se usa la expresión defensor de los derechos humanos para describir a la persona que, individualmente o junto con otras, se esfuerza en promover o proteger esos derechos” (OHCHR, 2013). Es decir, es una denominación que pueden incluir a todo aquél que defienda, promueva o difunda los derechos humanos, de modo que no tiene la limitante del feminismo que sólo puede ser abanderado plenamente por mujeres porque sólo ellas viven en carne propia el yugo del patriarcado, o del socialismo que sólo puede ser concebido plenamente por obreras y obreros, en tanto que sólo ellos tiene la producción industrial en sus manos. Además, la noción de defensor de derechos humanos es tan incluyente que permite identificar como defensor o defensora a personas que no tengan idea de teorías políticas, pero que luchan por sus derechos. Incluso, permite discriminar entre aquellos que desde la academia pregonan el socialismo o el feminismo sin una práctica concreta ni consecuente, y aquellos que al tener una práctica en favor de los trabajadores o de las mujeres o de los pueblos, son defensores de derechos humanos aun sin saberlo.

 

En otras palabras, la categoría de defensor de derechos humanos puede ser universalizable, de modo que contribuya a la articulación de las diversas luchas, y pueda contraponerse a la formación de élites intelectuales que se sientan los iluminados en la lucha social y que terminen por aislarse del movimiento.

 

La categoría de defensor de derechos humanos, es una denominación que al no ser un ismo disminuye caer en dogmas como en “socialismo” o “feminismo”, no se anquilosa en textos clásicos que impidan su inserción en la lucha social y tiene la capacidad de adaptarse a su contexto histórico de lucha, dado que las formas de defender los derechos cambian, pero el hecho de defenderlos persiste. Rompe con vicios como sólo defender obreros (socialismo) o sólo defender mujeres (feminismo), cuando la lucha por la emancipación humana debe tener la capacidad de articular todas las luchas en contra del sistema y acompañar procesos de organización sin imponerles una agenda prediseñada.

 

Decirse socialista puede implicar una mera arrogancia y estatus intelectual, que no contribuya a la lucha social, muchos se dicen socialistas sólo por ego, de igual modo muchos hombres se asumen feministas para sacar provecho sexual y muchas mujeres se dicen feministas como una moda académica. Por el contrario, en la medida en que cualquiera puede ser defensor de derechos humanos por su práctica y no por lo que dice de sí mismo, esto permite que sea una posición más realista, aunque no esté libre de nuevas imposturas.

 

Asimismo, el defensor de derechos humanos tiene la posibilidad de acompañar procesos de lucha, brindando herramientas de formación, seguridad, defensa y politización de las organizaciones, sin pretender colgarse de las luchas para acaparar los reflectores. El defensor o la defensora de derechos humanos tiene el potencial para fortalecer la lucha de mujeres, trabajadores y comunidades, para que a partir de una inconformidad inmediata comprendan que lo que sufren no es un hecho aislado, sino una injusticia estructural producto de un sistema incapaz de brindar todos los derechos humanos para todos y todas, de modo que vislumbren que la única forma de reparar integralmente el daño que sufren y garantizar que no se repitan las injusticias: reside en desmantelar las estructuras del Estado que generan las violaciones a derechos humanos y en última instancia, superar al Estado capitalista que, como representante del sistema clasista-patriarcal, no está interesado en brindar condiciones para una vida digna para todos.

 

Denominarse defensor de derechos humanos tiene la capacidad de combatir los vicios del socialismo y del feminismo, superando e integrando lo mejor de ambas visiones y articulándolas a cada contexto, de este modo se evitan las prácticas anacrónicas o viciadas que terminan en un mero sindicalismo (socialismo) en un urbanismo (feminismo) o en un academicismo (socialismo y feminismo). Sin embargo, no es una categoría definitiva, ni significa que quien se denomine defensor automáticamente está libre de vicios o dogmas, simplemente es una herramienta que en el contexto actual es funcional para la lucha social y que en cualquier momento podremos modificarla, en función de la lucha concreta y de las necesidades históricas.

 

CONCLUSIÓN

 

Hemos visto que en la sociedad actual es difícil generar consciencia de clase obrera, dado que la mayoría de la población no se dedica a la producción industrial y muchas organizaciones socialistas poseen una serie de vicios que propician una falsa consciencia. Por otra parte, hemos visto que los hombres no pueden ser plenamente feministas dado que no sufren en carne propia la dominación patriarcal y muchas organizaciones feministas poseen una serie de vicios que impiden la práctica de la sororidad.

 

Ante esta serie de problemáticas mi propuesta es la incorporación de la herramienta de derechos humanos a la lucha política, dado que defender los derechos humanos no significa abandonar el socialismo o el feminismo, ya que ambas prácticas pueden ser articuladas y revitalizadas en la defensa de los derechos humanos, de modo que juguemos con las reglas del Estado clasista-patriarcal en beneficio de toda persona que sea explotada, oprimida o subordinada por dicho sistema. Dado que para construir una nueva sociedad, requerimos acompañar y orientar los procesos de lucha de la población, sin pretender imponerles dogmas o sacarlos de su contexto. Por el contrario, en la medida en que sepamos fortalecer la lucha social, con profundos análisis de la realidad y utilizando todas las herramientas políticas a nuestro alcance: contribuiremos a la construcción de un futuro donde no haya subordinación de clase ni de género, donde las mujeres tengan poder sobre ellas mismas, y cada cual trabaje según sus capacidades y reciba según sus necesidades.

 

 

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